Hetaira
La plusvalía del deseo

Antón Reixa

 

A las putas y a los putos nadie les va a devolver la plusvalía del deseo que histórica, diaria y nocturnamente le entregan a la puta vida y a la puta sociedad. Por eso les debemos, cuando menos, el reconcimiento legal, cordial, moral, sentimental y solidario de su actividad para romper con la hipocresía más vieja del mundo: la condena de su oficio de gestor@s del deseo universal. Porque el deseo nos iguala y la miseria nos desiguala. Por eso la condena tiene que ir contra el proxenetismo y contra los inquisidores biempensantes que promueven la prohibición del tráfico sexual. Son cómplices de la explotación. Como los prohibicionistas de las drogas son cómplices del narcotráfico y de la autodestrucción de los yonquis. Cuando se dice, sin más, eso de “el oficio más viejo del mundo”, todos deberíamos pararnos a pensar en el rincón oscuro o luminoso de la condición humana que propicia que eso sea así, en cualquier momento de la historia y en cualquier tipo de sociedad. El mayor respeto a la libertad sexual es que se pueda ejercer, aunque sea pagando y/o cobrando en las mejores condiciones higiénicas, comerciales y laborales. El mayor reconcimiento del amor es instituir en la realidad que no sea una condición para acceder al sexo. Los proxenetas, los curas, los conservadores, algunas feministas y cierta parte de la izquierda insisten en prohibir la proostitución. Deberían pensar en qué extrañas circunstancias y razones les unen.  Aunque fuese cierto que ningun puto o puta escogen esa profesión porque quieren, no deberíamos agravar esa circunstancia con la prohibición. A mí me preocupa que los árbitros, los policías, los dentistas o los militares lo sean porque quieren, pero no se lo prohibo. La putería existe y por algo será. La parte miserable de la prostitución se supera levantando la prohibición. A nadie se le ocurre acabar con el terrorismo doméstico que asesina a miles de muejeres prohibiendo el matrimonio o las relaciones de pareja.

 

Entre polvo y polvo (echado, por echar, soñado, real, posible o imposible) todos estamos mal follados, mientras no se demuestre lo contrario. Vía libre al deseo y al comercio del orgasmo en una sociedad que comercia con todo.

 

 

                                                                     

 

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