Hetaira

Ponencia de Estudio en el Senado
Comparecencia de Cristina Garaizabal
22 de diciembre de 1999



Señoras y señores senadores:

            Partimos de que la prostitución es una realidad que ha existido y seguirá existiendo mientras exista pobreza, diferencias económicas importantes entre los países del norte y del sur, discriminación de las mujeres en la vida en general y en el trabajo y la formación en particular, mientras siga existiendo soledad e insatisfacción sexual, diferentes formas de ver la sexualidad masculina y femenina...e incluso ¿quién sabe si seguiría existiendo prostitución una vez resueltas todas estas carencias?. No tener en cuenta esto es taparse los ojos ante la realidad y no actuar sobre ella ni modificarla un ápice.

            Las situaciones de las personas que ejercen la prostitución son muy variadas como luego explicaré, pero todas ellas están mal vistas socialmente y sobre ellas recae una condena moral que las estigmatiza en diferentes grados.

            Hay quiénes sostiene que la prostitución, en general, debe ser considerada como una nueva forma de esclavitud sexual.
Pero no toda la prostitución es así, luego me extenderé más en esto. Conceptualizar así la prostitución no deja ser una metáfora y las metáforas están muy bien para hacer literatura pero sirven de poco para aproximarse lo más certeramente a la realidad. De hecho, en sentido metafórico también se podría decir que el trabajo en cadena es esclavitud o que la sexualidad entendida como débito conyugal por algunas mujeres casadas es prostitución, pero creo que estas dos metáforas sirven de poco a la hora de ver los problemas concretos de los trabajadores industriales o la vivencia de la sexualidad de algunas amas de casa.

            Aunque lo peor es que con esta metáfora se está ocultando la verdadera esclavitud, la situación de aquellas personas, fundamentalmente mujeres y niñas, que realmente son obligadas a ejercer la prostitución en un régimen de esclavitud, que son rehenes y presas de las mafias, sin documentación, forzadas a pagar con elevados intereses el préstamo que se les hizo para que viajaran clandestinamente a este país y que no tienen ningún margen de decisión sobre sus condiciones de trabajo ni de libertad para abandonarlo aunque sea para ir a trabajar en unas condiciones de mayor miseria económica. Estas mujeres sí que son esclavas y posesiones de las mafias. Y las medidas que hay que tomar ante estas situaciones nada tienen que ver con las políticas que hay que aprobar para dignificar las condiciones de trabajo y aportar mayor seguridad al resto de prostitutas. Desde nuestro punto de vista obligar a alguien a ejercer la prostitución debe seguir siendo ilegal, aunque se debería poner mayor empeño en el desmantelamiento de las mafias y tratar de manera diferente a las mujeres permitiéndoles quedarse aquí para trabajar en ese u otro trabajo, pero en condiciones dignas y seguras.

            Hablar, por lo tanto, de la prostitución como sinónimo de esclavitud sexual es ocultar lo que realmente lo es y enmascarar así la faz más brutal de la prostitución, y esto tiene consecuencias terribles y peligrosas pues implica dejar en la más absoluta indefensión al conjunto de prostitutas.

            Dejo ahora el tema de la prostitución obligada, forzada y paso a detenerme en lo que se debería hacer en relación a aquellas personas que ejercen la prostitución como decisión individual. Una decisión que obviamente está condicionada, como todas las decisiones que los seres humanos tomamos en la vida, por múltiples factores sociales, culturales y personales. No voy a entrar aquí en juzgar ni tan siquiera nombrar las múltiples motivaciones que pueden llevar a alguien a prostituirse. Creo que éstas son muy variadas y obviamente las fundamentales son de orden económico y de supervivencia. Incluso para algunas mujeres los motivos que les llevaron a la prostitución pueden ser terribles: drogodependencias, huir de familias desestructuradas y con altos niveles de violencia intrafamiliar, ser mujer transexual y tener las puertas cerradas para encontrar otro tipo de trabajo, etc. Pero lo importante para nosotras es contemplar qué dicen las mujeres que ejercen y si quieren o no seguir ejerciendo, pues en la vida muchas veces los motivos por los cuales empiezas algo poco tienen que ver con lo que hace que quieras continuar con eso.

            Ante la realidad de todas aquellas mujeres que trabajan en la prostitución por decisión individual creemos que es necesario trabajar en un doble sentido:

* Por un lado habría que ofrecer otras oportunidades de trabajo y formación para todas aquéllas que viven angustiosamente ser prostitutas, para que puedan dejar de ejercer y encontrar otro trabajo que les resulte menos agobiante, siendo esta labor importante, entre otras cosas, por la situación de desigualdad con que las mujeres nos enfrentamos al mundo laboral.

* Pero por otro es también fundamental mejorar las condiciones de trabajo de aquellas que quieren seguir ejerciendo, para que trabajen en unas condiciones dignas, reconociéndoles sus derechos como trabajadoras del sexo y poniendo a su disposición instrumentos legales que les permitan enfrentarse a los abusos económicos y de poder que frecuentemente se dan hoy.

            Es necesario desarrollar políticas encaminadas a conseguir el respeto hacia las prostitutas y combatir el desprecio que hoy se manifiesta en muchos sectores sociales hacia ellas. Y hay que buscar soluciones frente al rechazo que frecuentemente manifiestan amplios sectores de la población.

            Pero es necesario ser consciente que una buena parte de este rechazo social tiene que ver con la semiclandestinidad que hoy rodea el ejercicio de la prostitución, con la doble moral que invisibiliza la prostitución y que provoca que muchas prostitutas tengan que ejercer en condiciones lamentables rodeadas de delincuencia, marginación y exclusión social.

            No respetar a las prostitutas, victimizándolas y considerándolas personas sin capacidad de decisión, no escuchar sus voces y no tener en cuenta sus decisiones implica aumentar la marginación a la que muchas de ellas se ven abocadas. Si sólo se pretende darles otras salidas laborales, salidas que en muchos casos además no son realistas dado el alto nivel de desempleo, particularmente entre las mujeres, y el nivel de formación al que pueden aspirar la mayoría de ellas, si solo se atiende esta vertiente y no se tiene en cuenta a todas aquellas que quieren seguir ejerciendo la prostitución pero hacerlo en mejores condiciones, lo único que se hace es profundizar el abismo entre ellas y el resto de la sociedad y aumentar la exclusión y marginación social que muchas padecen.

            Es necesario, por lo tanto, respetar la decisión de quien no desea abandonar la prostitución, por mucho que nos parezca un trabajo bastante duro, poco gratificante e incluso terrible para muchas personas. Pero, si dejamos de lado las valoraciones morales que cada cual tenga sobre la sexualidad nos podemos dar cuenta de que hoy hay muchos trabajos míseros pero ello no implica el que dejemos de plantearnos la necesidad de que éstos se desarrollen en las mejores condiciones posibles. Y desde luego a nadie se le ocurre pensar que puedan ser abolidos y las personas que trabajan en ellos deban ser reinsertadas socialmente.

Diversidad de situaciones


            Antes decía que la situación de las personas que ejercen la prostitución es muy variada. Paso ahora a desarrollarlo.

            La prostitución no es un todo homogéneo. Existen formas diferentes de ejercer la prostitución y de vivirla. La clase social, el nivel cultural, la edad, la apariencia física, la nacionalidad, el origen étnico, el género (porque no todas las personas que ejercen la prostitución son mujeres, también lo hacen los hombres y las mujeres transexuales) y otros muchos factores influyen en cómo se ejerce la prostitución e incluso en cómo considera la sociedad a quien la ejerce.

En general, prostituirse está considerado socialmente como algo indigno porque la sexualidad sigue sacralizada y magnificada en nuestras sociedades y, a pesar de que quien más quien menos vende algo para poder subsistir (por ejemplo: su capacidad de trabajo, sus conocimientos, etc.), vender sexo se considera lo peor de lo peor, la mayor de las indignidades. Pero también está claro que se considera peor que sea una mujer quien lo haga (incluso a un hombre que vende actos sexuales en el marco de la heterosexualidad no se le llama “prostituto” sino que existen otros eufemismos, menos insultantes, para nombrarlo, por ejemplo “gigoló”), tampoco se considera igual al hombre que se prostituye en el marco de la heterosexualidad que a quien lo hace en el de las relaciones homosexuales. Así mismo, la clase social influye en los niveles de estigma o discriminación que sufren las prostitutas, no es lo mismo prostituirse en La Ballesta que hacerlo para un sector más poderoso económicamente, no digamos ya si de lo que se trata es de hablar de las altas esferas sociales y de los eufemismos que existen para hablar de las prostitutas de alto standing
(azafatas, señoritas de compañía, etc.). Además, la doble moral existente hace que se estigmatice más a aquellas prostitutas que se dejan ver (prostitución callejera) ya que resultan especialmente molestas al no permitir que la sociedad ignore su existencia. En estos casos al estigma por ejercer la prostitución se le suma frecuentemente la marginación y la exclusión de la sociedad, obligadas a vivir y a ejercer en barrios conflictivos, degradados, donde se acumulan diferentes problemáticas y sectores marginados y dónde las prostitutas se convierten frecuentemente en los “chivos expiatorios” sobre los que recaen frustraciones sociales más amplias y que nada tienen que ver con ellas. Tampoco es igual ser de aquí o tener otra nacionalidad pues frecuentemente sobre las inmigradas recae también una doble discriminación, más en estas épocas donde afloran brotes de xenofobia por doquier y dónde tan rápidamente se ha olvidado nuestro pasado de emigrantes. Ni es igual ejercer la prostitución ocasionalmente (amas de casa que alargan el sueldo, estudiantes...) o hacer de ella el modo de supervivencia exclusivo.

Con todo esto lo que quiero resaltar es que existen situaciones muy diferentes en el ejercicio de la prostitución y que estas diferencias conllevan problemáticas y vivencias muy diversas para quien ejerce. Por lo tanto, es imprescindible que la intervención social y las propuestas políticas que se elaboren para paliar algunos de los problemas que hoy padecen las prostitutas tengan en cuenta esta diversidad y no se generalice sobre la base de estudios parciales o se hable de sus problemas partiendo de casos particulares o de sectores específicos de prostitutas como si se tratara de un colectivo homogéneo.

            Un último aspecto de esta diversidad es cómo viven el estigma social, cómo responden a la consideración que recae sobre quién ejerce la prostitución. Desde mi punto de vista estas vivencias están condicionadas tanto por los factores antes mencionados como por factores de tipo individual, entre los que destacaría las propias vivencias ante la sexualidad. Así, nos encontramos con prostitutas que consideran el ejercicio de la prostitución como algo terrible y angustioso, como un mal menor al que no queda más remedio que adaptarse para sobrevivir. Pero también existen otras             que la ejercen de manera consciente y voluntaria, escogiendo quedarse en ella porque consideran que dentro de las oportunidades que tienen en esta sociedad, la prostitución es la menos mala o la más lucrativa.

La prostitución como trabajo


            Después de una larga experiencia de trabajo con prostitutas en Hetaira partimos de que es importante considerar la prostitución como un trabajo
, es decir como una actividad que tiene como objetivo fundamental para quien lo ejerce el poder vivir de ella. Obviamente no somos tan ingenuas como para pensar que la prostitución es un trabajo como otros. Para nada. Es un trabajo que tiene una particularidad que lo diferencia de manera radical de otros trabajos y es la consideración moral que recae sobre quien lo ejerce y particularmente si son mujeres, condición por otro lado mayoritaria en el ejercicio. Una consideración que lleva a pensar que la prostitución es algo tan indigno que en última instancia denigra y degrada a quien trabaja en ella. Y que lleva implícita la idea de que las prostitutas son mujeres “malas”, “moralmente pervertidas” o “viciosas”.

            Todo esto refuerza una idea fundamental en el imaginario colectivo: la de que existen mujeres “malas” y “buenas”. Idea ésta que sirve para reforzar el orden moral sexista dominante pero que implica un corsé para muchas mujeres que pretendemos desarrollar nuestra sexualidad de una manera más libre y menos timorata. Pero además esta conceptualización que divide a las mujeres en “buenas” y “malas” según sus comportamientos sexuales sirve también para justificar muchos de los atropellos, abusos y agresiones sexuales que se dan con bastante más frecuencia de la deseada. Porque parece que el mensaje dominante es que la sociedad, las leyes y los tribunales están para defender a aquellas que son “buenas” o lo parecen como dice la canción, pero a las “malas” les puede pasar cualquier cosa. Y así, aún hoy se siguen dando juicios sobre violaciones en los que se juzga la vida sexual de las víctimas y no digamos lo que pasa si la violada es una prostituta, situación en la que las denuncias, si es que se atienden, no pasan de comisaría.

            Ante este estigma social que recae sobre las prostitutas ellas han sido las primeras en reivindicar la necesidad de reconocer que la prostitución es un trabajo, como forma de hacerse visibles socialmente y cuestionar la doble moral imperante que las utiliza pero no las reconoce y como instrumento para mejorar unas condiciones de trabajo que en la mayoría de los casos son lamentables por la clandestinidad a la que se ven abocadas por las políticas estatales prohibicionistas o abolicionistas.

Alternativas legales

           
            Por ultimo paso a plantear cómo debería darse este reconocimiento legal de la prostitución como trabajo.

            Para Hetaira un aspecto fundamental de cualquier política que se desarrolle de cara a la prostitución debe contar con la voz de las prostitutas. Una voz que no es única sino múltiple porque diversas son las realidades en las que ésta se ejerce. Cualquier medida que se tome en este sentido debe contar con el apoyo de un sector mayoritario de prostitutas.

            Partimos también de la importancia de que se sigan desarrollando e incluso aumentando todas aquellas medidas sociales que faciliten que quién quiera abandonar la prostitución pueda hacerlo accediendo a un empleo que les garantice vivir autónomamente y no de la beneficencia como ocurre frecuentemente.

            Junto con esto nos parece fundamental el reconocimiento legal de la prostitución como trabajo en sus dos variables: autónoma (aquellas que trabajan por cuenta propia en solitario en la calle o agrupándose con otras prostitutas en pisos compartidos) y asalariada (aquellas que trabajan en bares, clubs, saunas, etc), aunque dentro de ésta segunda variable existe quien trabaja con sueldos fijos o a porcentajes.

            Pero en última instancia la forma concreta de reconocimiento legal debe contar con sus opiniones y debe tener siempre presente la defensa de sus intereses pues son ellas la parte más desfavorecida de este trabajo.

            Hetaira pertenece a la Red Internacional de Defensa de Los Derechos de las Prostitutas, una red que agrupa a diversas asociaciones de prostitutas de diferentes países. Según la experiencia de otros Estados que han desarrollado políticas concretas sobre la prostitución lo que sí podemos decir es que hay algunas formas de legalización de la prostitución que no tienen en cuenta los intereses de las prostitutas y que implican una mayor discriminación de éstas.

            Así, consideramos que no es justo que se creen impuestos especiales tanto para las trabajadoras como para los empresarios que se dedican a esta actividad. Los impuestos deben ser equiparables a los de otros sectores laborales que se desarrollan en condiciones sociales similares teniendo en cuenta las diferencias económicas que se dan dentro de la prostitución según dónde y cómo se ejerza ésta. Gravar más la prostitución que otra actividad similar a lo que lleva es a que el Estado se convierta en un nuevo proxeneta de las prostitutas.

            No nos parece adecuado establecer controles sanitarios obligatorios para las prostitutas como forma de prevenir el SIDA y las enfermedades de transmisión sexual. Primero, porque no sirven para nada. Se ha demostrado ampliamente que esta medida para lo único que sirve es para que los clientes se queden tranquilos y se nieguen rotundamente a utilizar preservativos. Con lo que, si la prostituta es infectada por un cliente (cosa bastante más frecuente de lo que se cree) transmitirá el virus a todos aquellos con los que tenga relaciones hasta el siguiente control, con lo que la expansión del virus está garantizada. Hoy está más que demostrado que no existen grupos de riesgo sino prácticas de riesgo y prevenir esas prácticas es la única forma eficaz de frenar la expansión del virus. Pero además, obligar a las prostitutas a controles sanitarios es considerarlas grupo de riesgo y estigmatizarlas más de lo que ya están. Y eso además de moralmente cuestionable es totalmente ineficaz pues redunda en el mito de que son las prostitutas las que contagian y no los clientes, mito que además de falso, reafirma la actitud de irresponsabilidad ante este tema por parte de muchos hombres que hacen del no ponerse el preservativo una cuestión de masculinidad y de vigor sexual.

            A la luz de la experiencia de otros países, otro aspecto que a nosotras nos parece importante es que la legalización de la prostitución no implique un recorte a la libertad de movimiento y de opciones que se dan dentro de ésta. Es cierto que existen muchas prostitutas que prefieren trabajar en lugares cerrados porque así se sienten más seguras. Pero otras, prefieren captar la clientela en la calle, pues aunque implique mayores riesgos también suele implicar mayor libertad en el ejercicio, dado que los lugares cerrados están llevados por los dueños que son los que imponen las condiciones de trabajo. Generalizar y obligar a que toda la prostitución se desarrolle en lugares cerrados implica aumentar las discriminaciones de aquellas prostitutas mayores o con una apariencia física determinada que no se corresponde con lo que se “lleva” en cada momento.

            De nuestra experiencia en la resolución de conflictos entre vecindario y prostitutas en zonas de Madrid como Méndez Álvaro o la Casa de Campo, sabemos que la defensa y puesta en práctica de esto que decimos no está exento de conflicto y no somos partidarias de que las prostitutas, ni nadie, haga lo que le dé la gana sin tener en cuenta a nadie ni a nada. Los espacios públicos son de todos los ciudadanos y por lo tanto su utilización crea conflictos, porque existen intereses diferentes e, incluso en algunos casos, contradictorios. Es por lo tanto importante pactar como se utiliza éste, pero no se debe partir siempre de que son ellas las que deben plegarse a la voluntad del resto y cambiar de lugar de trabajo. El espacio público debe ser negociado por los diferentes agentes sociales en pie de igualdad.

            Otro aspecto muy importante es que no nos parece necesario que exista una legislación especial para defender a las prostitutas de los abusos o las agresiones que puedan sufrir. Creemos que con la legislación actual es suficiente. Es más, cuando se aprueban legislaciones especiales suelen ser para penalizar el proxenetismo y, en general, la mayoría de prostitutas no están de acuerdo en ello. Hay que tener en cuenta que la figura del proxeneta
suele estar definida legalmente por el aprovechamiento económico. Pero bajo esta figura se esconden realidades muy diferentes: los compañeros sentimentales que pueden estar en paro, los hijos que estudian gracias al dinero que la madre saca con la prostitución, la otra prostituta vieja que cuida de los hijos pequeños y recibe un dinero por ello, los que venden café o tabaco a las que se mueren de frío ejerciendo en la calle, los empresarios y dueños de bares, saunas o clubs y obviamente las redes clandestinas de prostitución forzada. Como se puede entender estas realidades tan diferentes no pueden ser tratadas bajo la misma figura penal.

* Para quien obliga a otra persona a prostituirse ya está el C.P. que lo considera delito.

* Ante los abusos o agresiones físicas, psíquicas o sexuales ya existe también el C.P. que permite su denuncia y castigo.

* Para los abusos económicos y las malas situaciones de trabajo son necesarias leyes laborales que defiendan los derechos de las trabajadoras.

*Cuando media una relación afectiva en la que las dependencias y el miedo a la soledad lleva a muchas mujeres a transigir o aguantar cosas que visto desde fuera nos parecen excesivas y en ocasiones inaceptables, sino hay violencia la solución, desde nuestro punto de vista, no pasa por meter en la cárcel al marido o compañero. Siempre hemos defendido que, en esos casos, es necesaria la autoafirmación de las mujeres para que no aguanten lo que consideran que no deben aguantar. Y creemos que ese baremo es válido para todas
las mujeres, las prostitutas y las que no se dedican a la prostitución. Tratar a estos compañeros sentimentales como proxenetas implica ponérselo más difícil y exigirles más que al resto de las mujeres precisamente a aquellas que por el trabajo que realizan y por el estigma social que sufren sienten más la soledad afectiva y tienen más dificultades para establecer relaciones amorosas satisfactorias

            Por último, un aspecto que nos preocupa especialmente es la cada vez mayor presencia de mujeres inmigrantes en nuestro país que ejerce la prostitución en condiciones, muchas veces, de total ilegalidad. Ante esta realidad queremos denunciar ante sus señorías, que la restrictiva Ley de Extranjería vigente favorece el que muchas mujeres se vean abocadas a las mafias y redes clandestinas para huir de situaciones agónicas y de extrema pobreza en sus países, viendo en ellas la única manera de entrar en nuestro país y ejercer un trabajo que de manera más o menos rápida les permita obtener un dinero y volver a su tierra. Esperemos que con el nuevo texto estas situaciones desaparezcan.

            Hasta aquí nuestro relato, señoras y señores senadores. En Hetaira convivimos mujeres que ejercen la prostitución y mujeres que tenemos otros trabajos. Lo que les hemos planteado es fruto, tanto de nuestra experiencia colectiva durante varios años como del aprendizaje de otras experiencias que tienen lugar fuera de nuestro país. Esperamos que lo tengan en consideración a la hora de legislar sobre esta materia que afecta a tantas mujeres.

            Muchas gracias por habernos escuchado. Nuestras puertas están abiertas para quienes quieran conocer más de cerca la realidad que hemos intentado transmitirles.

 

Atrás Inicio Actividades Documentos Salud
Enlaces Legislación En la cultura Experiencias reivindicativas Contactar