Hetaira

CORTES GENERALES
DIARIO DE SESIONES DEL
SENADO

Año 2002 VII Legislatura
Comisiones. Núm. 311
COMISION ESPECIAL SOBRE LA PROSTITUCION
PRESIDENCIA DE LA EXCMA. SRA. DOÑA CRISTINA KLIMOWITZ WALDMANN

celebrada el lunes,
24 de junio de 2002



ORDEN DEL DIA:

Comparecencias para informar sobre la materia objeto de la Comisión:

--De doña Dolores Juliano Corregido, Doctora en Antropología Social.
(Número de expediente 715/000266).

--De doña Margarita Carreras Roig, colaboradora del grupo de estudio Línea de Investigación y Cooperación con Inmigrantes y Trabajadores Sexuales (LICIT). (Número de expediente 715/000267).

Se abre la sesión.

La señora PRESIDENTA: Señorías, se abre la sesión.

 La señora PRESIDENTA: Reanudamos la sesión con la presencia de doña Dolores Juliano, que viene acompañada por doña Margarita Carreras Roig, que es colaboradora del grupo de estudio LICIT, la línea de investigación y cooperación con inmigrantes y trabajadores sexuales. Damos la bienvenida a ambas y les agradecemos su presencia en el seno de esta Comisión.
Debo decir que doña Dolores Juliano Corregido tiene una amplia experiencia en investigación sobre el fenómeno de la prostitución.
Doctorada en antropología en la Universidad de Barcelona, trabaja desde hace muchos años en temas de género. Está especialmente interesada en analizar procesos de cambio social. En su haber hay gran cantidad de publicaciones y de libros entre los que podrían destacarse «Mujer y construcción de modelos sociales alternativos», «Las que saben», «Subculturas de Mujeres», «Las prostitutas o El polo estigmatizado del modelo de mujer».
Creo que lo mejor es darle la palabra a la primera compareciente para que ella misma nos transmita cuantos conocimientos le sea posible.

La señora JULIANO CORREGIDO (Doctora en Antropología Social): Muchísimas gracias.
Quiero comenzar disculpándome. Yo estaba citada en principio para comparecer ante esta Comisión hace unos diez días, pero por problemas de salud imprevistos relacionados con investigadores de la tercera edad, realmente me fue imposible asistir en aquel momento. Por tanto, les agradezco muchísimo que me hayan dado una segunda oportunidad para participar ante esta Comisión. Pero también quiero agradecerles que hayan aceptado mi propuesta de venir con una de las integrantes de mi equipo de investigación, en este caso con Margarita Carreras, trabajadora sexual.
Me parece importante que se pueda oír su voz en esta Comisión que está trabajando precisamente en el tema de la prostitución.
No explicaré aquí cómo funciona mi grupo de investigación. Señalaré solamente que hace unos tres o cuatro años que lo estoy investigando, aunque el grupo de investigación como tal está funcionando desde hace dos años, pero esto lo explicará Margarita, que es integrante del grupo. Yo me centraré, si las señoras y los señores Senadores lo estiman conveniente, en lo que podríamos denominar una clarificación de algunos aspectos teóricos relacionados con el tema.
En líneas generales, cuando se habla de la prostitución se habla del problema de la prostitución. La prostitución no es un fenómeno que nosotras veamos como algo no

conflictivo, sino que, nos acerquemos desde la vertiente que nos acerquemos, nos resultan patentes sus contradicciones, nos resulta patente la complejidad del tema, la ambigüedad de las propuestas.
Estos problemas podríamos desligarlos en dos bloques. En primer lugar, el problema de la prostitución desde la sociedad global. La prostitución es un problema de oferta y demanda, se genera porque existe una fuerte demanda de servicios sexuales, evidentemente. Con esto entraría en algo que se le preguntó a Ignasi Pons: qué es lo que pasará si tiende a aumentar y a disminuir. Creo --es una interpretación-- que si bien se habla de la prostitución como del más antiguo oficio, la prostitución actual tiene las características de lo que podría ser una relación propia de una sociedad de mercado. Vivimos en una sociedad en la cual, crecientemente, actividades y servicios que se brindaban en la esfera de lo familiar y que se brindaban en términos de lo que podríamos llamar justificaciones o legitimaciones afectivas han pasado al ámbito del mercado, se han profesionalizado y se ofrecen en términos de mercancía.
Estoy refiriéndome a cosas tales como el cuidado de los ancianos, que antes tenía que ser hecho por el cariño de los hijos, la atención a los niños, que se puede derivar a guarderías, la atención a invitados, a los que no invitamos a casa a comer lo que hemos preparado con la receta de la abuela, sino que los llevamos a un restorán o compramos la comida para traerla a la casa. Es decir, vivimos en un mundo en el que, cada vez más, las relaciones se transforman en servicios. Desde este punto de vista, la prostitución no parece responder a unas reglas demasiado diferentes.
Construir una relación personal lleva tiempo y esfuerzo. Transformar lo que podría ser una relación personal en algo que se compre y que se venda puede estar en contra de nuestras preferencias, puede parecernos mal.
Pensemos en la cantidad de tinta que ha corrido en el sentido de que las madres se encarguen del cuidado de los niños y que nos los dejen en las guarderías, por ejemplo. O que retomemos todas las antiguas tradiciones y no dejemos a nuestros ancianos en las instituciones. Es decir, podemos estar a favor o en contra. Lo único que estoy tratando de señalar es que responde, en última instancia, a una lógica más amplia, a una lógica en la cual se ahorra tiempo gastando dinero, para decirlo de alguna manera, y la prostitución no escapa demasiado a esa lógica. Y en este momento estoy hablando estrictamente de la demanda de servicios de prostitución; luego lo haré desde el punto de vista de las trabajadoras sexuales.
¿Por qué si la demanda no es demasiado diferente de las otras demandas de servicios que se producen en nuestra sociedad nos resulta tan difícil superar la barrera del prejuicio? ¿Por qué vivimos en una sociedad tan maniquea o farisea, como queramos llamarla, con componentes hipócritas, en la cual, al mismo tiempo, se genera una fuerte demanda de determinados servicios y se mantiene una fortísima estigmatización, no sobre el que demanda el servicio, lo cual estaría dentro de una determinada lógica sino, de una manera un poco incongruente desde mi punto de vista, sobre el que ofrece el servicio. Sabemos que en una sociedad de mercado si hay una demanda habrá una oferta. Desde este punto de vista, lo que genera la prostitución es la demanda. Creo que interpretaciones que se dan frecuentemente, tales como que aumenta la prostitución porque aumenta la inmigración no pueden mantenerse desde el punto de vista del mercado. Si no hubiera clientes para las prostitutas, estas mujeres no podrían dedicarse a ello. No es porque haya más prostitutas o porque venga gente de fuera por lo que aumenta el fenómeno de la prostitución. Si queremos regular ese fenómeno, hay que regular el fenómeno de la demanda.
Existiendo la demanda, la oferta siempre existirá. Por consiguiente, no queda demasiado claro cuál es la culpa socialmente asignada a las trabajadoras sexuales.
Evidentemente, los prejuicios y la discriminación relacionados con el tema no son nuevos. Yo creo que Raquel Osborne dedicó su comparecencia aquí precisamente a hablar del prejuicio. No insistiré sobre ello. De alguna manera tiene vestigios del antiguo sentido judeocristiano de la moral puritana, de una determinada cantidad de valoraciones en las cuales vemos el sexo como algo distinto y diferente de otro tipo de actividades, por lo cual, mientras podemos hablar con serenidad de vender y comprar otros servicios aun cuando sean servicios afectivos --nos parece más razonable comprar y vender, por ejemplo, cuidado y afecto a un enfermo--, seguimos sintiendo como algo intrínsecamente pecaminoso o negativo el comprar y vender servicios sexuales. Pienso que son los límites de nuestras interpretaciones sociales. Pienso también que todos y todas sentimos prejuicios al respecto. No podríamos no sentirlos teniendo una determinada edad, habiéndonos criado en las sociedades en las que nos hemos criado y habiendo oído toda la vida las cosas que hemos oído. Sería imposible no sentir esos prejuicios. Pero creo que nuestro esfuerzo racional y razonable es actuar y pensar como si no sintiéramos los prejuicios, es decir, tratar de poner un poco de distancia entre nuestro profundo sentimiento de inadecuación y el hecho de que estamos hablando de actividades y, más aún, del hecho de que estas actividades implican a personas, y desde este punto de vista lo que es necesario e importante no es tanto dejar constancia de nuestras íntimas convicciones al respecto, sino tratar de reunir esfuerzos en favor de las personas afectadas por este tipo de actividad. ¿Por qué? Porque precisamente el prejuicio es la herramienta a partir de la cual se genera la inseguridad, a partir de la cual se genera la indefensión. El prejuicio aísla a las trabajadoras sexuales, hace que su voz no sea oída, hace, por consiguiente, que sean víctimas más fáciles de la explotación y hace que, con mucha frecuencia, sus reclamaciones no reciban el mismo trato que las reclamaciones de los otros ciudadanos. Por consiguiente, el prejuicio no es algo que esté sólo dentro de nuestras mentes, sino que, como diría Bordieu, se transforma en «habitus» a partir de los cuales se condicionan conductas, y la sociedad termina actuando en términos de sus prejuicios y, en muchos casos, haciendo que estos prejuicios se transformen en realidad. Estoy señalando círculos viciosos. Por ejemplo, decimos que las prostitutas se relacionan con personas marginales y, a partir del prejuicio, no les dejamos ninguna posibilidad de relacionarse con otras personas que no sean marginales,

porque cualquier persona se margina por el hecho de mantener relación con las prostitutas, es decir, terminamos transformándolo en una causalidad que se realimenta.
Sin embargo, desde el punto de vista de las trabajadoras, la prostitución se sufre a partir del prejuicio, pero se vive y se opta en términos de opción laboral.
También en este caso pondré un ejemplo y pido perdón por frivolizar mi exposición poniendo ejemplos en lugar de desarrollar sencillamente los marcos teóricos, cosa que resulta más académica pero más aburrida. Si nosotros efectuamos una prueba consistente en preguntar a cualquier persona por qué piensa que alguien se inicia en la prostitución o por qué se mantiene en este ámbito podremos comprobar que normalmente ofrecen dos tipos de respuesta: una es que esas pobres mujeres están obligadas y esclavizadas; que aunque uno no lo pueda creer a esas mujeres las compran, las venden y las maltratan; es decir, son totalmente esclavas y lo hacen porque están presionadas. Otra respuesta es que hay algunas que lo hacen porque les gusta y son muy libres de hacerlo; y, en ocasiones, se mezclan las dos respuestas.
Propongo el ejercicio de imaginar este tipo de respuestas en relación con cualquiera de los otros trabajos duros y desagradables de los cuales nuestra sociedad está llena. Pensemos, por ejemplo, en los que recogen la basura, o en los hombres que trabajan con las máquinas trituradoras de cemento, que hacen daño a la salud sólo con verlos pues hay veces que sólo con mirarlos uno se siente mal de la espalda. ¿Qué pensaríamos de alguien que dijera que hay mafias entre los que recogen la basura, que los tienen secuestrados, amenazados, que les pegan si no recogen la suficiente cantidad de basura, que trabajan en esto porque están obligados, etcétera? También hay otra opción posible, puede ser que les guste. Es decir, puede haber una erótica de la recogida de la basura y puede que alguien disfrute perversamente en realizar ese tipo de actividad.
Esto no funcionaría para ninguno de los trabajos desagradables que existen en la sociedad. ¿Por qué hacemos este tipo de interpretación respecto a la prostitución? Porque no pensamos que es un trabajo. Este es el problema, y desde este punto de vista cambiar el eje y pasarlo, como propone Ignasi Pons, del ámbito de la sociología de la marginación a la sociología del trabajo implica cambiar los patrones a partir de los cuales lo entendemos; esto es, implica tratar de acercarnos realmente al problema.
Las mujeres que se dedican a la prostitución lo explican claramente.
Entre las posibilidades laborales ésta nos ha parecido, al menos de momento y mientras encontramos otra mejor, que era la que nos daba la mejor relación entre el tiempo invertido y el dinero ganado; es decir, se puede ganar un poco más, ni siquiera es que se gane tanto, pero sí un poco más.
Estudios realizados sobre el trabajo femenino indican que la mayoría de los mismos están desregularizados legalmente, y estoy pensando en el servicio doméstico, que es la otra gran alternativa para las mujeres con escasos niveles de estudio y para las inmigrantes, en el cual la desregularización es importante; pensemos en la limpieza por horas; en el cuidado de ancianos; en el cuidado de niños; en el cuidado de enfermos; trabajos duros, trabajos mal pagados, trabajos con horarios muy duros; las mujeres se encuentran ante ese abanico de posibilidades, que no es mucho más grande.
Ayer estuve comprobando un estudio de la revista de inmigraciones en el cual se señalaba que el 95 por ciento de las inmigrantes con trabajos reconocidos están trabajando en el servicio doméstico, es decir, no les estamos ofreciendo otra cosa. Por tanto, las alternativas van dirigidas por ese camino.
Ante esas alternativas, las mujeres se pueden encontrar con que la prostitución les brinda una opción laboral temporaria; es decir, ellas consideran siempre que la prostitución es un trabajo que realizan puntualmente; no son prostitutas, sino que trabajan en la prostitución, que es una diferencia importante o significativa; el estigma hace permanente lo que en términos de mercado laboral sería una opción puntual, y es algo a tener en cuenta.
Pensemos que en la actualidad una mujer que haya trabajado en algún momento en la prostitución puede ver sus posibilidades de acceso a determinados trabajos francamente mermados; quiero decir que la sociedad tiende a manejarla. ¿Qué pensaríamos si supiéramos que la maestra de nuestros hijos se costeó sus estudios de magisterio trabajando en la prostitución? Es algo que podría suceder, y en ese caso, ¿cuál sería la interpretación de la gente bien pensante? ¿Considerarían que se ha recuperado una persona y que se ha reintegrado a la sociedad, o por el contrario pensarían que esta mujer no puede ser maestra de sus hijos porque ha trabajado en la prostitución? ¿Cómo funciona el estigma y hasta qué punto éste no está siendo el reaseguro a partir del cual la mujer se queda en este trabajo? Y esta opción funciona y se entiende, se hace visible o comprensible dentro de un sistema de opciones posibles; por consiguiente, no vale la pena preguntar a una prostituta si preferiría estar trabajando de dueña de una boutique, seguro que sí, pero normalmente las opciones que se le presentan no son ésas; si Margarita posteriormente desea contar las opciones laborales que ha tenido a lo largo de su vida podemos ver que no han sido muy buenas desde el punto de vista económico.
Cuando observamos que las mujeres introducidas en la prostitución intentan reiteradamente trabajar en otros lugares pero finalmente tienen que volver a aquél, no podemos sacar la conclusión de que se han aficionado a este tipo de trabajo, sino de que las posibilidades laborales que estamos ofreciendo en general a las mujeres son muy pobres.
Y no es que las opciones laborales para los hombres con escasa formación sean muy buenas, pero vemos que los inmigrantes se dedican a la agricultura, donde son muy explotados, o a la construcción donde ganan un poco más. Pero las mujeres tienen menos opciones laborales.
Y para salir un poco de este asunto, quisiera que meditáramos un momento en el hecho de que la prostitución es la única de las actividades consideradas tradicionalmente femeninas en la cual los hombres compiten de una forma importante. Si la prostitución fuera pura esclavitud y en cambio las otras opciones, como el servicio doméstico,

fueran buenísimas, los hombres también competirían en este terreno. Pues no. Da la casualidad de que en la única de las actividades tradicionalmente femeninas en la cual los hombres compiten en el mercado es en la prostitución, porque es la más rentable. Es así de claro.
Ciertos estudios realizados en Lyon, por citar un ejemplo, señalan que hasta el 50 por ciento de la prostitución se está dando en términos masculinos. Nosotros no trabajamos en nuestro equipo con prostitución masculina y, por consiguiente, no puedo ofrecer datos de Barcelona, pero sí hay estudios que señalan una competencia importante. Por ello, me gustaría que estos elementos nos hicieran pensar sobre las interpretaciones posibles.
Por otra parte, existen otros motivos por los que hay que insistir en que la prostitución es un trabajo. Cuando hablamos de las prostitutas como trabajadoras sexuales y cuando ellas mismas se definen de esta manera, se pone el énfasis en la función laboral. ¿Qué significa esto? Ustedes saben que la ética en la sociedad tradicional se valora en términos de virtud:
las personas virtuosas, las buenas. Las malas personas se relacionaban con una ética relacionada con el pecado. Pero cuando pasamos, después de la Revolución Industrial, a las sociedades capitalistas, la ética se desplaza de lo que podría llamar la conducta no pecaminosa a la conducta del trabajo, es decir, la valoración de una persona pasa por su condición de trabajadora. El orgullo personal pasa por la capacidad de valerse por uno mismo, pasa por no ser una carga para la sociedad. Vivimos en una sociedad en la cual predomina la ética del trabajo.
Si en la sociedad tradicional a las prostitutas se les negaba el aprecio social porque no cumplían los requisitos de virtud, es decir, eran pecadoras, me temo que en la sociedad actual les estamos negando nuestro reconocimiento al negarles la condición de trabajadoras. ¿Qué es lo que les estamos negando? Les estamos negando su derecho a ser reconocidas como personas con derechos y obligaciones dentro de la sociedad. Estamos en un momento en que la ética pasa por la ética laboral. Les estamos negando su condición de trabajadoras y esto me parece grave.
El trabajo brinda a las trabajadoras sexuales su principal posibilidad de autoestima. En una sociedad que estigmatiza el problema de la prostitución, ¿cómo sobrevivir con niveles mínimos de autoestima en una sociedad en que el nombre de la actividad se considera insulto --como señalaba Ignasi Pons- El mayor insulto para una mujer cualquiera es decirle «puta». El mayor insulto para un hombre es «hijo de puta». Nadie parece que delinque por sí mismo, sino que el único insulto es el relativo a esta actividad que tiene un nivel de estigmatización muy muy fuerte, que no está descendiendo.
Algunas encuestas realizadas en Francia señalan que si bien en la sociedad francesa, teóricamente permisiva, ha aumentado la tolerancia social para temas tales como la homosexualidad se mantiene e, incluso, se incrementa la intolerancia referente a la prostitución. Vivimos en sociedades en las cuales esta estigmatización es muy fuerte. ¿Cómo sobrevivir en una sociedad tan estigmatizante? ¿Dónde conseguir las herramientas para la autoestima? Las herramientas para la autoestima las consigue la trabajadora sexual en su condición de trabajo. Tenemos cientos de horas de entrevistas grabadas. Las muchachas dicen: «yo me gano la vida; yo mantengo a mis hijos; yo ayudo económicamente a mi familia; yo no tengo que pedir nada a nadie; yo soy una persona digna de respeto porque soy capaz de ganarme la vida con mi trabajo».
Voy a contarles una anécdota. Una de las compañeras del equipo de investigación, una antropóloga, acompañó a una trabajadora sexual subsahariana que hacía poco tiempo que estaba en Barcelona a hacer unos trámites sanitarios. Cuando estaban esperando en la consulta entró una mujer pidiendo limosna y la muchacha le preguntó: ¿Qué hace? Esta le contestó: Pide limosnas. Y la subsahariana responde:¡Qué vergüenza, pedir limosna pudiendo ganarse la vida como prostituta! ¿Dónde estaba el autoaprecio en este caso? ¿Qué es lo que ella consideraba digno y qué lo que consideraba indigno? Es importante tener en cuenta estos elementos.
Por otra parte, considerar la prostitución como un trabajo no solamente facilita una autodefinición como trabajadoras con autoestima, sino que también puede permitir determinado nivel de orgullo profesional; hacer bien su trabajo como cualquier otro permite desarrollar las bases del «empoderamiento», que dirían los ingleses, que se ha traducido frecuentemente como revalorización, pero no sé qué traducción considerarían más válida.
Ni el victimismo, ni el «salvacionismo», ni considerarlas víctimas indefensas, ni el tratar de salvarlas de opciones que no dependen de ellas dan base para un autoaprecio que permita mejorar sus niveles de organización y plantear sus reclamos. Si nosotros queremos que ellas puedan aprender a defenderse por sí mismas y esto es, en última instancia, el objetivo de cualquier intervención en este ámbito, es decir, mejorar sus condiciones y posibilitar que ellas puedan, a su vez, llevar adelante sus demandas, el discurso victimista no es el que nos permite mejor rendimiento. El caso del discurso victimista las transforma en receptoras más o menos pasivas de los sistemas a partir de los cuales se las protege, se las asesora, se las aconseja, pero no les da su condición de sujetos pensantes.
Si partimos de la idea de que la opción por la prostitución la han hecho en términos de opciones alternativas, que ha sido una opción racional, lo cual no quiere decir que sea una buena opción --la mitad de las opciones que hacemos a lo largo de nuestra vida resultan equivocadas con el tiempo; no estoy diciendo que sean buenas opciones--, una opción racional en el sentido del conocimiento que tienen de las otras alternativas y posibilidades, de las condiciones y las capacidades para aceptar otras oportunidades si se les presenta, estamos dando unas bases mucho mejor para su autoafirmación y, por consiguiente, para la superación, si es que nos lo proponemos, de su desarrollo en esta actividad.
De todas maneras, quiero subrayar algo que ya dijo antes Ignasi Pons, que en muchos casos, fundamentalmente en el trato de algunas instituciones oficiales, se produce, con respecto a las prostitutas, el fenómeno aquel que podríamos llamar de profecías autocumplidas, dado que los

asistentes sociales esperan el discurso victimista y condicionan, de alguna manera, la ayuda a escuchar el discurso que quieren oír, escuchan la triste historia, que es la que están esperando, y que es la que posibilita obtener cosas tales como un subsidio en un momento determinado o una ventaja cualquiera.
Esto no quiere decir que con un conocimiento mejor del caso, la triste historia y la historia aquella de mujer forzada sea realmente la mejor interpretación. También a veces, se da el caso de que, en la medida en que la sociedad discrimina tan fuertemente a las trabajadoras sexuales, éstas se vean forzadas a desarrollar un discurso que deposite fuera de ellas la responsabilidad de su opción sancionada. Ellas piensan: «Es cierto, yo hago esto, pero es que no pude hacer otra cosa.» Esto depende de la presión social que se ejerza.
De todas maneras, para las organizaciones y para las personas que consideren realmente que la mejor descripción del fenómeno de la prostitución es la descripción victimista, es decir, para aquellas personas para las cuales el peso más grande sea el del destino, la obligación y la causa externa de la prostitución, nosotras propondríamos acudir a las instituciones y hay muchas instituciones que trabajan en nuestra línea. Estoy pensando en la Asociación Cabiria, que también organiza prostitutas, en las organizaciones italianas y las francesas, que dicen: si se rotula a las prostitutas como víctimas, actuemos en consecuencia: para las víctimas asilo político. Es decir, si nosotros consideramos que las mujeres están vendidas, secuestradas, vienen transformadas en mercancía y son mayoritariamente extranjeras, desarrollemos una estrategia amplia de asilo político para ellas; no podemos mantener al mismo tiempo el discurso victimista y políticas en las cuales no se les da protección. Insisto, yo no iría por camino del discurso victimista, solamente quiero señalar que adherirse a ese discurso tiene en una última instancia consecuencias políticas.
De todas maneras nuestro trabajo de campo brinda otra imagen de las trabajadoras sexuales. Las trabajadoras sexuales suelen tener un nivel bastante elevado de autoconfianza, es decir, suelen confiar en sus capacidades y en sus posibilidades de solucionar problemas; consideran que la experiencia del trabajo sexual --que es una dura experiencia, el trabajo sexual es un trabajo duro y desagradable-- les brinda un conocimiento que puede utilizarse en otras oportunidades. Suelen desarrollar redes de solidaridad que les ayudan a vivir y que de alguna manera, desde nuestra visión victimista, penalizamos; recordemos que, por ejemplo, en España no es delito la prostitución pero es delito incitar a la prostitución, con lo cual, cosas tales como una cooperativa de prostitutas, que sería una forma normal y razonable de organizar el trabajo, quedaría penalizado por la ley en la medida en que se consideraría que unas están explotando a las otras; es decir, las redes de solidaridad y apoyo tienden a ser vistas con malos ojos. Por otra parte, vemos historias personales que podríamos llamar banales. ¿Qué quiero decir con historias personales banales? Historias en las cuales los malos tratos, los abusos o los conflictos no son superiores a los que podrían darse en cualquier otro colectivo de la misma extracción social; es decir, las prostitutas no están marcadas por una historia especialmente impactante en esos términos.
Como todo depende de lo que vamos a buscar con respecto a los malos tratos y a las prostitutas, pasa un poquito todavía lo que pasaba en las primeras décadas del siglo XX con respecto a las explicaciones de las investigaciones que se hicieron en Estados Unidos sobre los antecedentes alcohólicos como causa de la delincuencia. ¿Cómo funcionaban las investigaciones? Se tomaba un delincuente y se analizaban sus historias, sus antepasados y sus parientes hasta que se encontraban los alcohólicos; una vez que se encontraban los alcohólicos se decidía que eso era lo que había determinado su tendencia al delito. La explicación funcionó bastante bien hasta que se hicieron estudios semejantes sobre el conjunto de la población y se vio que en el conjunto de la población había tanta incidencia de antecedentes alcohólicos como entre los delincuentes, con lo cual se dejó de utilizar esta argumentación. En el caso de las prostitutas no hemos hecho estas investigaciones, pero se les pregunta a las prostitutas por sus historias de malos tratos o si la familia está integrada o desintegrada, y cuando se encuentra algún elemento se relaciona con la prostitución. No se hacen los estudios sobre el conjunto de la población y por consiguiente no se sacan las conclusiones de si eso se relaciona con este trabajo o no.
¿Qué es lo que tienen en común las historias de las prostitutas? Problemas económicos. Es decir, las prostitutas normalmente necesitan recursos económicos mayores de aquéllos de los que pueden disponer con los trabajos tradicionales. Una historia frecuente es la prostituta que tiene criaturas a su cargo y que se encuentra que con el trabajo doméstico no puede pagar el alquiler, las escuelas, los médicos... y que necesita más ingresos. Este es el tipo de historia más frecuente o, en la actualidad, el caso de la migración: una migración cada vez más cara, a medida que la ley de extranjería la hace más restringida, conlleva que las personas que vengan estén cada vez más endeudadas y por consiguiente tengan necesidad de obtener mayores cantidades de recursos, y si se necesitan más recursos hay que ir a los trabajos más rentables.
En la actualidad se está produciendo un reemplazo generacional. La prostitución tradicional a cargo de trabajadoras sexuales nativas está siendo reemplazada crecientemente por inmigrantes. Esto se ve claramente en el perfil de las edades: las prostitutas nativas suelen tener más de 30 años, las prostitutas inmigrantes suelen tener alrededor de 20, es decir, hay un reemplazo generacional bastante importante.
También se produce un desplazamiento incluso en los países que han hecho una legislación progresista de la prostitución, como es el caso de Holanda, que lo reconocen como actividad para el caso de las nativas pero excluyen de esta consideración a las inmigrantes, con lo cual se produce, como decía, un desplazamiento de la persecución: anteriormente se perseguía a las prostitutas en tanto que trabajadoras sexuales y ahora que en todas las sociedades la prostitución está despenalizada se las persigue en tanto que inmigrantes ilegales. Podría hablar luego de algunos casos para ver cómo se unen estos dos supuestos.


El cambio en el cuadro de la prostitución también se da en términos de un cambio en lo que podríamos llamar la prostitución ocasional, que estaba protagonizada fundamentalmente por drogadictas. A partir de los tratamientos con metadona y a partir fundamentalmente de la inmigración hay muy poca correlación entre prostitución y drogadicción. La mujer que ejercía la prostitución porque era drogadicta representaba un problema:
normalmente no tomaba las medidas sanitarias, no se cuidaba..., lo que daba lugar a problemas. Desde el punto de vista del trabajo sexual nunca se consideró que estaba trabajando en ello, siempre se consideró que era una consecuencia de su adicción.
El nivel educativo de las muchachas es más alto, entre las prostitutas que están en nuestras calles actualmente hay mucha chica universitaria y muchas muchachas tienen el bachillerato. ¿Por qué están trabajando en esto? Porque tengan el nivel educativo que tengan no mejora la oferta laboral que les ofrecemos; es decir, las muchachas con buen nivel educativo se encuentran con que la oferta laboral sigue siendo la misma, fundamentalmente servicio doméstico, y en muchos casos los costos son altos.
Desde este punto de vista, las muchachas inmigrantes lo que padecen es una herencia de un mercado que ya era desregularizado por ser femenino.
Es decir, la legislación de extranjería pone énfasis en la condición de trabajadores y exige que se venga con contrato, y la inmensa mayoría de los trabajos femeninos no pueden cumplir esa condición porque los empleadores de servicio doméstico normalmente no tienen recursos para ir a contratar a su personal al extranjero y porque los requisitos que se ponen no pueden ser cumplidos. Pondré un ejemplo: para contratar a una persona para cuidar a un anciano se exige que los ingresos del anciano sean por lo menos el triple del sueldo que se paga a esta persona; el anciano, que tiene su jubilación, normalmente no está en esas condiciones. ¿Entonces cómo se contrata? Se contrata porque los hijos, los vecinos, los sobrinos cotizan para pagar, pero la ley exige que el contratista sea una persona con determinado nivel de ingresos y, por consiguiente, se quedan sin contrato y pueden estar trabajando meses, incluso años, sin contrato; de hecho muchas trabajadoras asistentes del hogar, muchas mujeres que están cuidando ancianos o que están cuidando niños están trabajando sin contrato. Por tanto, éstos son, insisto, problemas del mercado laboral femenino que tradicionalmente estaba desregularizado y que ellas heredan. Pero en este caso, como la inmigración se ve desde un punto de vista laboral, resulta especialmente duro.
¿Y qué significa esto? Que al tener mayores dificultades a la hora de firmar contratos, caen con mayor frecuencia en manos de lo que podríamos llamar redes. Si quieren emigrar --y quieren hacerlo porque la situación en el tercer mundo es muy dura-- deben contraer deudas importantes y significativas. La otra opción que señalaba Ignasi Pons es que entren como turistas, pero para eso necesitan demostrar que disponen de una determinada cantidad de dinero por día durante el tiempo que dura su visado, y alguien se lo tiene que prestar. Es decir, las limitaciones para la entrada de estas personas están produciendo objetivamente el beneficio de intermediarios y explotadores contra los cuales teóricamente estamos luchando. Quiero decir con todo esto que la situación es grave.
¿Cómo se afronta este problema? Hay una serie de iniciativas legislativas a este respecto; también en Cataluña se han presentado algunas propuestas. Sin embargo, en líneas generales, el problema con que se encuentran los políticos al tratar esta cuestión son las demandas de los vecinos. Se trata de un problema a tener cuidadosamente en cuenta, y lo subrayo. Es decir, si nos atenemos a las demandas de los vecinos, podemos hacer cosas tales como prohibir que se construyan mezquitas --y estoy acordándome del problema de Premià de Mar, donde los vecinos se niegan a que haya una mezquita cerca de sus viviendas-- o no admitir a niños inmigrantes en las escuelas porque hay muchos vecinos que sacan a sus hijos de ellas cuando el número de inmigrantes les parece alto. Es decir, los vecinos manejan los estereotipos, y en el caso de la prostitución esto resulta muy fácil. Las campañas demagógicas respecto de la prostitución cuentan con todo el aval del sentido común desde el punto de vista Graziano del prejuicio no elaborado.
El discurso que, por ejemplo, hacía la asociación de vecinos de Castelldefels --yo he vivido allí hasta hace dos meses-- para pedir que se cerraran los lugares donde había prostitutas era que con la prostitución venía la delincuencia, el robo y el alcoholismo. Pero, ¿qué pasa? ¿Qué les molesta realmente? ¿La delincuencia? Pues a los demás también, igual que a las prostitutas. ¿Les molestan los robos? Las prostitutas no roban. ¿Les molesta el alcoholismo? En todo caso serán los clientes los que se emborrachan, porque ellas trabajan sobrias. ¿Y el ruido? Con una reglamentación al respecto es suficiente. ¿Por qué se relaciona la prostitución con otros problemas de degradación del medio? La idea es que se pueden y deben realizar tareas de mediación desde las instituciones públicas --con ello se consiguen buenos resultados-- en lugar de que éstas actúen como un simple reflejo de las propuestas de los vecinos.
Las tareas de mediación consisten fundamentalmente en señalar cuáles son los problemas que realmente molestan a los vecinos y en llegar a acuerdos para solucionarlos. En muchos casos estos problemas pueden resolverse en total acuerdo con las trabajadoras sexuales, por ejemplo, teniendo un barrio mejor iluminado, con papeleras, con teléfonos en funcionamiento, donde haya bares abiertos en que poder refugiarse. Es decir, el hecho de contar con determinadas condiciones de seguridad va en beneficio de todos. No hay que confundir la prostitución con el delito porque son dos cosas distintas, pero es algo que los vecinos hacen frecuentemente.
¿Qué se puede hacer en términos de legislación? El señor Pons ya ha señalado la dificultad de que exista un marco único; hay trabajos muy diferentes, hay trabajadoras autónomas, trabajadoras en locales, hay quienes trabajan a través del teléfono y quien lo hace por Internet.
Nuestro grupo de investigación está organizando unas jornadas internacionales del 7 al 14 de julio para debatir estos temas.
Posteriormente sacaremos algún documento al respecto.


De todas formas, quiero señalar que, desde el punto de vista del equipo del LICIT y de las trabajadoras sexuales consultadas, el tema de la legislación implicaría algunos supuestos mínimos. Uno de ellos, que ya se ha puesto de manifiesto, sería que hubiera un rótulo no estigmatizador.
Es decir, no puede elaborarse ninguna norma sobre la prostitución que sólo sea para la prostitución. En esto estoy completamente de acuerdo con el señor Pons en cuanto que hay que utilizar marcos más amplios en los que incluirlas, por ejemplo, servicios de proximidad, trabajos por horas, servicios personales, hostelería, es decir, en algún otro rótulo donde las trabajadoras sexuales puedan incorporarse sin que queden estigmatizadas por ello. De ninguna manera ellas aceptarían volver al carné de identificación de las prostitutas, que era una forma de hacer efectiva su estigmatización.
Otro supuesto mínimo consistiría en que la legislación tuviera en cuenta a las trabajadoras, es decir, lo mismo que cuando se legisla sobre cualquier sector laboral, es importante contar con la opinión de la patronal. En este caso, como decía Ignasi Pons, la patronal ANELA se está moviendo ya y está pidiendo una reglamentación, pero hay que tener cuidado porque la está demandando con el señuelo de que ello va en favor de las peticiones de los vecinos y de que con eso ellos lo tendrían todo controlado desde el punto de vista sanitario y, además, así quitarían a las prostitutas de la calle, que son las más autónomas, quedando sólo las que trabajan para terceros. Hay muchas trabajadoras sexuales que prefieren ejercer en locales, y está bien que éstos sean regularizados puesto que de hecho existen. Pero para regularizar hay que tener en cuenta a los dos sectores y también las demandas, dado que se pueden producir muchos abusos. Y también hay que facilitar su organización para poder escucharlas, pero resulta difícil escuchar a un sector estigmatizado.
Señalaba Ignasi que hay menos organizaciones de trabajadoras sexuales en España que en otros países, lo que nos lleva a pensar que eso se debe a que aquí hay más estigmatización que en otros lugares. Es muy difícil organizarse y dar la cara. Personas como Margarita, que salen en la televisión, que se presentan en las mesas redondas, que dan su nombre en artículos, tienen mucho mérito puesto que es muy difícil afrontar un estigma tan importante. Pero lo que sí es cierto es que en la práctica ellas sí se organizan y son capaces de emprender acciones conjuntas.
Estos últimos días corrió el rumor de que en dos ámbitos tradicionales de la prostitución, en la calle Robador y en la de San Ramón, en Barcelona, iban a cerrarse los «meublés» en que ejercen las trabajadoras sexuales.
Ellas salieron a la calle y recogieron firmas, es decir, se organizaron.
Ninguna legislación puede hacerse sin tener en cuenta las demandas de aquéllos a quienes va dirigida, como ocurre en cualquier sector laboral.
Pero dentro de sus demandas, como también decía Ignasi, hay algunas en términos de lo que podríamos llamar prestación de servicios sociales generales. Una importante y significativa es la de las casas de acogida
--Margarita se extenderá un poco sobre esto--. Las casas de acogida para mujeres maltratadas no sólo son escasas, insuficientes en todo el Estado, sino que en muchos casos, por reglamento, en ellas no aceptan a las prostitutas. Es decir, partimos de la idea de que estas mujeres son maltratadas por definición, y resulta que cuando una prostituta quiere ir a una casa de acogida, allí no la aceptan por ser prostituta. Y digo esto para que ustedes se hagan una idea de la falta de coherencia que existe en la sociedad en que vivimos.
Sería necesario contar, por ejemplo, con guarderías de 24 horas en función de los diferentes horarios de las trabajadoras sexuales, tener la seguridad de que van a ser bien atendidas por la Administración, por los jueces, por los magistrados y por los políticos --hay que tener en cuenta que en muchos casos el testimonio de las prostitutas no se tiene en cuenta en la misma medida en que se tienen los de otras personas--, y a partir de estos elementos mínimos, analizar otras legislaciones y ver realmente qué se puede hacer para defender sus derechos.
Nosotros estuvimos elaborando con ellas un tríptico desde el punto de vista de las trabajadoras sexuales inmigrantes y, aunque todavía no lo hemos impreso, dice algo así como que la prostitución no es un delito en España, que las trabajadoras sexuales inmigrantes tienen derechos y que, en el caso de que éstos no se respeten, pueden acudir a las siguientes asociaciones a poner una denuncia y pedir asesoramiento. Asimismo, se habla de cuáles son los derechos y de a qué cosas no se las puede obligar. Es un instrumento de trabajo elaborado con las trabajadoras sexuales que pretende llegar a determinados acuerdos.
Pongo a disposición de sus señorías la información de la que hemos estado hablando.
Creo que me he extendido demasiado y, por ello, le cedo ya la palabra a Margarita Carreras.

La señora PRESIDENTA: Creo que para hacer más ágil el debate, sería interesante que se turnaran ambas en el uso de la palabra, cuando lo consideren procedente.
Tiene la palabra la señora Carreras.

La señora CARRERAS ROIG (Colaboradora del grupo de estudio Línea de Investigación y Cooperación con Inmigrantes y Trabajadores Sexuales
--LICIT--): Buenas tardes.
Me llamo Margarita Carreras Roig, mi trabajo es el de trabajadora sexual, y ejerzo mi ocupación en la calle Robador de Barcelona, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, cada día, momento en el que voy a recoger a mi hija.
Quiero aclarar que sólo soy prostituta de nueve a cinco, el resto del día soy una madre normal, una persona normal que tiene familia, tiene casa y vive como cualquier persona; además, sólo lo soy en mi ámbito laboral, durante unas horas, tengo un criterio determinado sobre las personas con las que voy a ir y por un precio establecido. El resto del día, soy una persona completamente normal porque, como pueden ver, no llevo ningún letrero y si no digo qué soy o no hay nadie que me conozca por mi trabajo, soy completamente normal.
Quisiera hacer una presentación del trabajo que coordina Dolores Juliano.
Las componentes de LICIT son

cinco antropólogas, una psicóloga, una socióloga, una educadora social y dos trabajadoras sexuales. Los objetivos del grupo son los marcos teóricos que permitan revisar cómo afecta a las personas este trabajo, de una manera que no suponga un estigma para nosotras, que no pensemos que tenemos que llevar un letrero o tengamos que sentirnos menospreciadas por nuestro trabajo sino todo lo contrario, porque soy una persona que me valgo por mí misma, saco adelante mi casa, mi hija, mi familia y pienso que me puedo sentir orgullosa porque no dependo de nadie en mi trabajo y soy libre para elegirlo, por lo menos hasta ahora, con la legislación vigente.
El grupo considera que hay que crear una corriente de reflexión para que se reconozca esta actividad como una fuente de recursos, de manera que nos permita tener no una categoría social superior o inferior, pero sí poder vivir con dignidad y poder cubrir nuestras necesidades.
Como ha indicado la señora Juliano, los sueldos de este país y, sobre todo, en el caso de las mujeres, no son muy altos y, además, tampoco hay muchos trabajos que se puedan elegir aunque se haya estudiado una carrera. Por ejemplo, en el caso de Diana, la psicóloga de nuestro grupo, a pesar de tener ese título tiene que ganarse la vida trabajando en una residencia, durante el día y, en otra, por la noche, porque su sueldo no llega a las 150.000 pesetas y tiene que mantener dos hijos, a su madre, una casa, etcétera. Yo soy prostituta y ella psicóloga, pero no tiene ninguna ventaja porque no puede ejercer su trabajo; no es ninguna ventaja tener una titulación cuando no puedes sacarle ningún partido ni obtienes ningún beneficio con ello.
El grupo piensa también que hay que mirar muy de cerca las necesidades de las personas y tratarlas como tales. Lo que más pedimos las trabajadoras sexuales --y yo, en particular-- es que se tenga en cuenta que los derechos humanos son para todas las personas, sin distinción de religión, credo, ideología política o color de la piel. Si una persona no tiene un sueldo digno pienso que tiene derecho a otra opción laboral que le permita ganarse la vida de manera que pueda cubrir todas sus necesidades como persona, sin que las demás --porque no compartan su opinión o no entiendan su trabajo-- tengan el derecho a juzgar que lo que hace no está bien. Todos los seres humanos hacemos cosas en esta vida que otra persona puede considerar que no están bien y, sin embargo, seguimos haciéndolas, pero no tenemos derecho a juzgar lo que hacen los demás. Creo que se trata de una cuestión de tolerancia y de reeducación social, de enseñar a las personas a respetar a los demás como tales, no por lo que hagan o por el motivo que lo hagan, porque sólo por el hecho de ser persona tengo derecho a que me respeten, independientemente de lo que haga en un momento determinado, en un sitio determinado y por un precio establecido que, en definitiva, es lo que hacemos todos; todos somos iguales, la diferencia es que los demás no ven mi trabajo igual de bien que el que ellos desempeñan. Es un problema de reeducación social en el respeto hacia los demás.
En LICIT queremos facilitar, con toda esta información, que las trabajadoras sexuales se constituyan en interlocutoras reconocidas socialmente para expresar y defender sus opiniones. Por eso, LICIT insiste mucho en que hablemos realmente con las personas que están inmersas en esta problemática y que son las que viven cada día de ese trabajo, como yo, que cada día vivo de mi trabajo, porque nadie me da un sueldo, no recibo ninguna aportación y no tengo ninguna ventaja sobre las demás mujeres españolas, a las que tampoco les dan ninguna prestación, de manera que si no trabajas, no cobras y, si no cobras, no puedes mantener a tu familia.
Creo que la ventaja que yo tengo es poder elegir y poder trabajar. He visto personas en las casas de acogida que no tienen mi coraje para hacer este trabajo, a pesar de no tener dinero para dar de comer a sus hijos, pero es que tampoco hay nadie que les dé nada; te llevan a una casa de acogida durante seis meses y, después, te echan a la calle porque las prestaciones no dan para más. Una vez finalizado el plazo de seis meses se tienen que ir a la calle y no creo que eso sea una solución, mientras que mi trabajo sí lo es porque me permitió solucionar mi problema mucho más deprisa cuando salí de la casa de acogida, y aunque sea incomprensible para los demás, pude mantener mi familia, pude mantener mi casa, alquilar un piso y todo fue mucho más factible, aunque los demás no lo comprendan. Yo solucioné mi vida, en contra de lo que piensen los demás.
Desde LICIT queremos informar y decir que los estudios que se han hecho sobre el sida son como una lacra que tenemos las personas que trabajamos en este mundo. Según los estudios realizados por el centro de Barcelona, los que más riesgo tienen son los clientes porque son los menos educados en esta cuestión. Esas personas piensan que como nosotras llevamos un control médico y no tenemos ninguna enfermedad, no les podemos contagiar nada. Pero ese control se refiere a nosotras, el control médico lo llevo yo, pero esa persona que viene conmigo no sé dónde ha estado, de dónde viene o con quién ha estado; a ellos no se les exige nada. La estigmatización es siempre para nosotras --como decía Dolores--. Si roban, nosotras; si hay delincuencia, nosotras; si hay expansión del sida, nosotras. No; hay que pensar que si una persona va con nosotras, le exigimos a él que utilice los medios de prevención para no extender la enfermedad; en cambio, esas personas son las primeras que nos dicen que ellos no tienen nada, que viven con su mujer, que cómo nos atrevemos nosotras a dudar de su integridad y de su salud. Perdone, es usted el que duda de mí, no soy yo la que duda de usted. Porque luego, si pasa algo, siempre somos nosotras. Por tanto, si soy yo, debería ser la persona suficientemente racional para exigirme a mí que le exija protección a él, porque la excluida de la sociedad soy yo, no él. El es quien se debería salvaguardar de todos esos contagios que yo le pueda transmitir, por mi mala agrupación de conjunto, por las malas cosas que llevo conmigo. No obstante todo eso, las personas no dejan de acudir a nuestra oferta de trabajo.
Quiero referirme a ANELA, que también ha sido comentado por Dolores.
Nosotras --y cuando digo nosotras, me refiero a todas las trabajadoras sexuales-- debemos diferenciar entre personas y cosas. Para nosotras la regularización --como en todos los trabajos-- sería una cosa y la regularización que pide ANELA de locales sería otra muy diferente,

porque los locales son cosas, y las cosas no se pueden tratar igual que las personas. Ellos deberían tener una normativa, como cualquier empresa, y nosotras, como cualquier trabajador de cualquier empresa, otra normativa diferente que cubra realmente nuestras necesidades: falta de colegios, falta de casas de acogida, mafias --que existen muchas--; las mujeres no pueden hacer otra cosa, porque si yo voy a la policía a denunciar que soy víctima de una mafia, se limitan a tramitar la denuncia y si el señor me quiere escuchar --que ésa es otra desagradable faceta de mi trabajo-- me dice: como eres prostituta, ¿por qué me voy a creer lo que dices? Tendría que existir otra reeducación de las personas con las que yo voy a hablar. Si hablo con una persona de un problema mío, lo más normal es que esa persona, si es más educada y más inteligente que yo, trate de escucharme y no de echarme. Esa es mi manera de pensar. Cuando una persona va a denunciar una mafia, le dicen: sí, ponga la denuncia; pero luego esa persona no puede volver a su puesto de trabajo, no puede seguir trabajando en la calle, y si tampoco tiene derecho a una casa de acogida, ni tiene ningún sitio a dónde ir, dice: para qué me voy a molestar en hacer el trabajo de la policía, si luego tengo que volver al mismo vertedero, porque nadie me ayuda, nadie me echa una mano; nadie es consciente del problema que yo tengo si denuncio a la persona que me ha traído aquí, a esa mafia. Esos problemas nosotras los vemos muy claros, y no sólo son las mafias extranjeras, sino que en España también las hay:
mafias que se dedican a traficar con personas de unos locales a otros, y eso lo consienten los propios dueños de los locales, porque el trabajo se hace dentro de sus locales. Si se hace algo dentro de tu local, tienen que tener tu consentimiento para que eso se efectúe; no es cierto que el dueño del local no sabe lo que pasa. Lo que ocurre es que nadie se interesa en averiguar esas cosas, nadie pone interés en saber si esas cosas realmente existen o no, porque nadie se preocupa de esa realidad; por tanto, no veo que vaya a surtir ningún efecto que las personas denuncien, porque después no hay nadie que las apoye ni que les eche una mano.
También me voy a referir a las casas de acogida --que ha mencionado Dolores--, diciendo que son muy insuficientes, y es denigrante que yo, como persona, tenga que omitir mi trabajo, que es tan digno como otro, porque yo me gano la vida dignamente. Yo no obligo a nadie ni impongo a ninguna persona que venga conmigo; yo estoy en un sitio y una persona viene, y me ofrece una cosa a cambio de otra cosa que yo le doy; es como un trueque o como cualquier trabajo. No veo por qué las casas de acogida no pueden acoger a personas como yo, porque yo allí no voy a ejercer la prostitución; la ejerzo fuera y, por tanto, no veo qué relación tiene que tú me ayudes en una época en que yo no estoy bien donde esté o me tenga que ir de un sitio donde esté y necesite un servicio social del que todo el mundo puede disponer, y además por derecho. Por derecho yo también debería disponer de él, porque soy una persona normal y corriente, sólo que yo hago un trabajo diferente a los demás, y me condiciona que yo no pueda vivir con las demás personas normales. ¿Es que yo no soy normal? Es porque los demás no me consideran normal, no porque yo no lo sea, que son dos cosas muy diferentes.
Quería recordarles, por último, que cuando nosotras vamos a hablar con la policía, sucede algo muy desagradable, y es cuando a una persona de mi oficio la han violado. Es terrible escuchar cómo una persona que está enfrente de ti te dice: es que eres prostituta, ¡cómo no te van a violar! Perdone, aclare sus ideas; yo soy una persona que hago un trabajo con mi consentimiento, por un tiempo determinado, y con un horario determinado, y siempre con mi consentimiento, como persona; en el momento en que yo no doy mi consentimiento, es una violación, independientemente del trabajo que yo ejerza, porque todo el mundo hará caso a una persona que ha sido violada y no es prostituta. Ahora bien, si es prostituta y dice que la han violado, ¿por qué no se considera igual?, ¿o no es igual el agravio? Si yo no doy mi consentimiento es una violación, igual que con cualquier persona, y a mí me afecta física y psicológicamente, como a cualquier persona. No veo por qué no se considera una violación por hacer ese trabajo. Es muy duro vivir en esta sociedad y decir qué trabajo hago, porque hay veces que hablo con gente de mi entorno profesional y cuando les explico de una forma sencilla, para que lo entiendan --porque yo no tengo una carrera ni muchos estudios--, me sorprende ver que ni siquiera te tienen respeto como persona, sólo tienen en la frente lo que yo soy, no que soy una persona que hago un trabajo, sino sólo el trabajo que yo hago; no me consideran más allá, no soy una persona, no vivo, no tengo sentimientos, no río, no lloro, no tengo decepciones, ¿por qué? Porque hago un trabajo diferente y las personas no lo consideran un trabajo normal. Sólo consideran el trabajo que hago, no a mí como persona. Eso es lo que esta Comisión tendría que valorar, que hablamos de personas que hacen un trabajo diferente por cuestiones económicas exclusivamente, como ha dicho Dolores. Yo he desempeñado muchos otros trabajos, tengo cuarenta y un años y veintiocho años cotizados a la Seguridad Social, lo cual quiere decir que he trabajado en otras cosas, pero en realidad hay muy pocos trabajos que sean dignos para las personas.
Yo he trabajado, por ejemplo, en el Avenida Palace, de Barcelona, que es un hotel de cinco estrellas, como camarera de pisos, y no creo que sea muy gratificante estar limpiando váteres --aunque la gente lo considera muy respetable-- ni algo que me vaya a realizar en la vida. El trabajo de prostituta, sin embargo, me es gratificante como persona, porque cada vez que voy con alguien es un reto personal, es como una clase de psicología acelerada; es saber que la otra persona me prueba a mí y dónde yo le puedo vencer; cada vez es un reto. Los trabajos que realmente ofrecen como alternativa a dejar la prostitución no son tan rentables como ser prostituta, porque con 120.000 pesetas que me pagan en un hotel de cinco estrellas haciendo veinte habitaciones cada día y trabajando seis días a la semana, prefiero ser prostituta de cien mil al día que fregona de cien mil al mes.
Gracias por escucharme.

La señora PRESIDENTA: Gracias, señora Carreras, por su intervención, fruto del conocimiento y de la experiencia, qué duda cabe, y que todos los senadores y senadoras

de esta Comisión le aseguro que hemos escuchado con total respeto a su libertad y a su dignidad.
A continuación, voy a dar la palabra a los portavoces para que, de forma indistinta --que yo creo que es la forma más ágil de hacerlo--, planteen sus cuestiones, tanto a doña Dolores como a doña Margarita.
En primer lugar, por el Grupo Parlamentario Mixto, tiene la palabra la senadora De Boneta.

La señora DE BONETA Y PIEDRA: Muchas gracias, señora Presidenta.
Agradezco tanto a la señora Juliano como a la señora Carreras lo interesante y extensas que han sido sus intervenciones. Es bastante difícil poder sintetizar algunas preguntas sobre lo que nos sugieren, teniendo en cuenta que tenemos que intervenir varios portavoces y ya es un poco tarde.
En todo caso, de su última intervención me ha quedado un asunto muy claro, y es que nosotros no podemos legislar sobre el respeto que usted demanda, porque es una cuestión de educación, de principios, de sensibilidad y solidaridad. Sobre esto, desgraciadamente, no se puede legislar, sí sobre aspectos puntuales que afectan directamente a la dignidad de una persona, como ocurre en otros casos, pero no sobre aquello que subyace a ese estigma y tratamiento especialmente doloroso.
Cualquier persona tiene derecho a su dignidad, porque al margen de su trabajo, usted es una persona con los mismos derechos, obligaciones y sentimientos, con lo cual tiene derecho a exigir el mismo respeto que los demás. Sin embargo, sobre esto no se puede legislar y lo lamento.
Sí se puede legislar sobre cuestiones puntuales que usted y otros comparecientes han señalado, por ejemplo, las casas de acogida. Tener que ocultarse, estar estigmatizado y no ser recibido en una casa de acogida simplemente porque se ejerce la prostitución, es algo sobre lo que sí se puede legislar. Una persona maltratada o que por necesidad tiene que acudir a los servicios sociales, cualquiera que sea el tipo de actividad que ejerce -- siempre que no sea delictiva, claro está--, no debe tener ningún tipo de consideración peyorativa ni ocultar el trabajo que ejerce.
Esas cuestiones se pueden legislar y habrá que tratarlo.
En todo caso, coincido con las comparecientes en que es necesario llegar a un mínimo de legislación y, sobre todo, incluir a las trabajadoras sexuales en un ámbito más generalizado que evite ese rótulo estigmatizador. La señora Juliano hablaba de los servicios de hostelería y de un trabajo más amplio, creo que se podía plantear.
También se ha referido a las quejas vecinales, que están provocando la actividad de los poderes públicos. Yo soy de Bilbao y he vivido las quejas de los vecinos y los intentos de solucionarlo mediante normas dictadas por el ayuntamiento. Como ha dicho antes la senadora Loroño, estas medidas no han dado el resultado deseado porque se ha sacado a las personas de los locales, que, por cierto, han de guardar una determinada distancia entre ellos. Se ha metido a estas personas en pisos y siguen las mismas quejas. En el fondo no es más que una cuestión de que cuando se pone de moda una calle, todos los chicos y chicas jóvenes van a los bares de esa calle los viernes, los sábados y muchos días entre semana a tomar consumiciones. Hay un problema de ruidos y en este caso ocurre exactamente igual; es decir, a la gente le molesta no porque se esté ejerciendo determinada actividad, no porque haya más delincuencia, sino porque de alguna manera se devalúan los pisos, etcétera. Por ello es bueno que haya intentos de regular el problema, es difícil hacerlo porque no son soluciones, sino parcheos. En ese sentido, los empresarios de los locales de alterne se están acogiendo a estos problemas vecinales para
--por decirlo de forma coloquial-- arrimar el ascua a su sardina.
No hemos hablado de las inmigrantes y de otros sectores de la prostitución, porque siempre que hablamos de esta cuestión nos referimos a las prostitutas, pero cada vez aparecen más nuevas formas de prostitución del 906, teléfonos móviles. Hay muchos hombres ejerciendo la prostitución y habrá que empezar a pensar en ello como algo que afecta a todos. Sé que una mujer tiene más problemas no sólo por ser prostituta, sino además por ser mujer. También tienen más problemas las mujeres camareras que los hombres camareros, casi con toda seguridad, y probablemente, en su convenio colectivo ganen más los camareros que las camareras.
No voy a extenderme más porque no hemos venido a dar nuestra opinión, sino a plantear aquellas cuestiones que podemos encauzar desde esta Comisión y a las que ustedes han hecho referencia. Por tanto, les agradezco de nuevo sus intervenciones.
Nada más y muchas gracias.

La señora PRESIDENTA: Gracias, senadora De Boneta.
Por el Grupo Parlamentario de Senadores Nacionalistas Vascos, tiene la palabra la senadora Loroño.

La señora LOROÑO ORMAECHEA: Muchas gracias, señora Presidenta.
Inicio mi intervención agradeciendo a doña Dolores y a doña Margarita su presencia en el seno de esta Comisión. Aunque doña Dolores iniciaba su intervención disculpándose por no haber podido acudir hace unos diez o quince días por problemas de salud, la verdad es que ha merecido la pena esperar, por lo que agradezco sinceramente a ambas su intervención y la visión que nos han aportado.
Doña Dolores ha dado en el clavo al manifestar que el ejercicio de la actividad es desarrollado por la mujer y que se trata de una actividad que, al igual que otra serie de trabajos social y culturalmente femeninos, sobre todo centrados en el ámbito familiar --servicio doméstico, cuidado de personas mayores, atención a situaciones de dependencia, etcétera-- han estado secularmente desregularizados. Quizá la clave esté en la desregularización, por lo que hay que reflexionar y profundizar en ese aspecto para avanzar en el camino. En ese sentido, ha planteado que en estos momentos se da una situación en la que podemos hablar de una sociedad de mercado y, por tanto, de reglas de mercado en la prostitución actual, aunque haya distintos tipos de prostitución y de situaciones.


La primera cuestión que lanzo es si se puede comparar la situación entre las mujeres que ejercen la prostitución y la de las mujeres que sufren malos tratos en su entorno familiar, y no me ciño al ámbito de los malos tratos, sino al hecho de que tengamos que hacer esfuerzos de cara a visibilizar la situación real. ¿Estamos ante un problema que hemos estado eludiendo porque no veíamos a las mujeres que ejercían la prostitución? En ese sentido se lo planteo. ¿Qué nos sugieren, tanto la señora Juliano desde el ámbito de la investigación como la señora Carreras desde su propia experiencia, para que esto se visibilice y se puedan adoptar medidas acordes para mejorar la situación actual? Otra cuestión más centrada en la experiencia personal de Margarita es la relativa a la estigmatización. A lo largo de las distintas comparecencias que se vienen produciendo en el seno de esta Comisión venimos hablando de la estigmatización: una estigmatización social por parte del conjunto de la sociedad al considerar a la persona que ejerce la prostitución como una persona inexistente, incluso podría hablar de persona non grata, por utilizar este término, aunque resulte fuerte.
Me gustaría saber su opinión respecto de personas que puedan estar ejerciendo, como usted, la prostitución, como trabajadora sexual. ¿No hay también una estigmatización personal, es decir, la propia trabajadora sexual o la propia prostituta en cierto modo no se autoestigma ella misma por el hecho de considerarse como una persona que, de alguna forma, sufre un cierto rechazo social? Usted a lo largo de su intervención incluso nos ha dicho que lo que usted pide es que se la respete como persona, que se la tenga en cuenta como persona que es y que no establezcamos categorías de personas en función de la actividad que cada una desarrolle. Todos somos personas, independientemente de la actividad que desarrollemos.
Desde esa perspectiva, en cierto modo las propias personas que trabajan en el ámbito de la prostitución, ¿ellas mismas no se colocan o no se autocolocan un cierto rótulo a la hora de poder hacer una vida lo más normal posible? Pues usted misma decía: «yo soy una persona normal».
¿No estamos también incitando --y entiéndame la expresión--, por ese rechazo social y por esa estigmatización que a lo largo de todo este tiempo ha vivido la persona que ejerce la prostitución, a que la propia prostituta se coloque o se autocoloque un rótulo que hace que ella misma se estigmatice? Me gustaría conocer la opinión de ambas sobre esta cuestión, fundamentalmente de la propia Margarita, por su propia vivencia personal, aunque veo que usted no es una de esas personas, porque bien claro ha señalado que no tiene ningún rótulo. Sí entiendo que hay muchas personas que ejercen la prostitución que no tienen el coraje y la valentía de sentirse como una persona más en el conjunto de la sociedad frente a otras que se autoexcluyen por la actividad que desarrollan.
Concluyo planteando un par de cuestiones muy puntuales. Usted, doña Dolores, hablaba de intentar buscar rótulos no estigmatizadores. ¿Cuando lo hacía se refería en concreto a que a la hora de hablar de la actividad deberíamos contemplar la posibilidad de clasificar esta actividad con amplitud y, por lo tanto, en distintas categorías? Esa sería una cuestión.
La otra cuestión es sobre la regularización. Hemos hablado de los dos puntos de vista: el de las propias trabajadoras sexuales y el de la patronal al hacer referencia a ANELA. ¿Qué aspectos deberían tenerse en cuenta, a juicio de ambas, en cuanto a la regularización desde el punto de vista de las trabajadoras sexuales? Nos gustaría conocer su visión al respecto.
Nada más y muchas gracias de nuevo.

La señora PRESIDENTA: Gracias, senadora Loroño.
Por el Grupo Parlamentario Catalán en el Senado de Convergència i Unió, tiene la palabra el senador Xuclà.

El señor XUCL I COSTA: Muchas gracias, señora Presidenta.
Voy a intervenir muy brevemente y espero que me disculpen las comparecientes, pues tengo que coger un avión y seguramente no podré permanecer hasta el final en la Comisión. En todo caso, como queda reflejado perfecta y fielmente en el «Diario de Sesiones», podré leer al final su segunda intervención con las preguntas que deseo formular.
En todo caso, les pido que me disculpen. Tenía otra opción, que era no asistir a la Comisión y así no tener que ausentarme antes, pero me parecían muy interesantes las intervenciones que hemos escuchado esta tarde.
Querría empezar agradeciendo a Dolores Juliano y a Margarita Carreras sus aportaciones, muy razonadas, muy serenas y muy apegadas a la realidad en una materia en la que hay posiciones muy encontradas, desde la teoría, y hoy hemos hecho una aproximación muy práctica.
La profesora Juliano ha hecho referencia a un elemento muy importante cuando ha hablado de las legitimaciones efectivas y he apuntado un par de frases: Construir una relación personal lleva tiempo y se ahorra tiempo gastando dinero. Seguramente a partir de estas dos consideraciones se puede explicar la existencia y el mantenimiento de la prostitución.
No quiero ser valorativo, solamente descriptivo, pero a partir de estas dos frases, del contexto social y de los tiempos que nos toca vivir seguramente esto pueda ir incluso a más. Pero es algo que no puedo afirmar de forma categórica, sólo es una apreciación.
Me han parecido también muy interesantes las reflexiones en la práctica que nos ha aportado Margarita Carreras sobre la no necesidad de los recursos excesivos, sobre la victimización de las prostitutas y de la destrucción de algunos tópicos. En todo caso, como excepción, algunas redes deben existir y la propia doña Margarita Carreras las ha apuntado.
En las distintas comparecencias se ha hablado de una forma emergente de prostitución, que es la que se da en los clubes de plaza o en otros locales. Una de mis preguntas sería si estos locales --incluso doña Margarita Carreras hablaba de aquellas prostitutas que van de local en local de forma consentida por los propietarios de los locales-- no constituirían una vertiente de prostitución no al cien por cien libre, es decir, con algunos elementos de coacción.


Me gustaría que profundizaran un poco más sobre esta cuestión, que ustedes mismas han denominado como las mafias que existen también en nuestro país.
Finalmente, doña Dolores Juliano ha hecho referencia a que hay prostitutas que nunca se quieren definir como tales. Hay personas que se han dedicado durante mucho tiempo a la prostitución, que tienen ya una cierta edad, son mayores y a quienes les es difícil encontrar alternativas de trabajo, desde un punto de vista de respuesta social por parte de los poderes públicos. Me gustaría que profundizara un poco más respecto a las prostitutas de una cierta edad, pues sin duda a ellas también les pesa el problema del estigma.
La senadora De Boneta ha hecho referencia a la dificultad de legislar sobre cuestiones metajurídicas, de difícil cabida en un artículo, como el problema del estigma. En todo caso, si hay un estigma --y todos los comparecientes nos han hablado de ello-- a veces puede llevar a situaciones de trauma difíciles de conllevar.
En ese sentido, imagino que ustedes también habrán pensado sobre algunas medidas sociales que se podrían adoptar en esta legislación en positivo y muy apegada a la realidad ante algunas situaciones estigmatizantes que llevan a situaciones de trauma.
Nada más por mi parte. Quiero terminar agradeciendo su comparecencia, confiando en que podremos continuar hablando en Barcelona --con Margarita Carreras ya habíamos podido dialogar en la mesa redonda--, excusándome por si no puedo escuchar sus respuestas.
Gracias, señora Presidenta.

La señora PRESIDENTA: Gracias, senador Xuclà.
Por el Grupo Parlamentario Socialista, tiene la palabra la senadora Aburto.

La señora ABURTO BASELGA: Gracias, señora Presidenta.
Doy también las gracias a las señoras Juliano y Carreras por la exposición que han realizado, que me ha parecido muy interesante, porque estoy segura de que ambas trabajan por mejorar las relaciones humanas haciendo un esfuerzo evidente.
Lo que más me ha llamado la atención ha sido su referencia a un mercado laboral femenino desregulado y, en ese sentido, estigmatizado o desprestigiado. Pero es que también el trabajo regulado está desprestigiado. De hecho --yo provengo del ámbito sanitario, concretamente de la pediatría--, hay un trabajo americano que es llamativo porque dice que los pediatras son los médicos que tienen menos autoestima y la razón parece estar en que esta especialidad está cayendo en manos de mujeres; aunque quizá sea al contrario: cae en manos de mujeres porque es menos apreciado que antes.
Al final, se trata de un problema sobre la igualdad y la justicia social.
Creo que es difícil legislar sobre el respeto, pero también creo que se puede hacer. Se puede legislar para conseguir mejores políticas de igualdad, para mejorar la educación y el respeto a los derechos de todas las personas. Eso es lo que se puede y se debe hacer desde el ámbito político. Y estoy segura de que a largo plazo se pueden conseguir cambios estructurales sobre roles de género y el papel que juega la sexualidad en nuestra sociedad actualmente, que, en mi opinión, no es el que debe ser.
También se ha dicho que el trabajo sexual es duro y desagradable. Sin embargo, la sexualidad es uno de los placeres más grandes que puede experimentar el ser humano. Libremente consentida puede servir para conseguir un placer muy grande y para mejorar y profundizar en las relaciones humanas. Creo que es algo objetivo. Efectivamente, la prostitución es un trabajo de proximidad pero puede ser más desagradable cuidar a un enfermo. Sin embargo, el origen no es el mismo. Siempre es desagradable cuidar a un enfermo, a no ser que se le tenga un cariño extraordinario. En cambio, el sexo, libremente consentido, debería ser siempre placentero. Por lo menos así lo ha puesto la naturaleza, o Dios, para quien sea creyente.
Me alegro de empezar a ver alguna solución. Y las soluciones siempre son muy lógicas: escuchar y respetar. Y me alegra que se señale una dirección de por dónde pueden ir las soluciones, por lo menos intermedias, sobre algo que sigue siendo un problema, aunque quizá deje de serlo en un futuro.
Gracias.

La señora PRESIDENTA: Gracias, senadora Aburto.
Por el Grupo Parlamentario Popular, tiene la palabra la senadora Tejedor.

La señora TEJEDOR UTRILLA: Muchas gracias, señora Presidenta.
En primer lugar, quiero felicitar a las comparecientes porque creo que han realizado unas intervenciones que, aunque esperadas, como señalaba otra compañera, han merecido la pena porque han sido muy enriquecedoras.
La profesora Dolores Juliano se ha referido a lo que actualmente viene sucediendo en algún país como Holanda, donde la prostitución está legalizada y, sin embargo, se persigue a las mujeres prostitutas inmigrantes. Quisiera saber si conoce esta experiencia. Sí conocemos la legislación holandesa en referencia a la prostitución, pero yo desconocía el distinto trato que se da a las mujeres prostitutas inmigrantes y a las mujeres prostitutas nacionales. Me gustaría que nos aclarase algo más qué es lo que está ocurriendo en la práctica, aparte de lo establecido en la legislación.
También es interesante lo que ha manifestado acerca de los malos tratos que pueden sufrir las mujeres prostitutas. Hacía referencia a que hay otros colectivos del mismo corte social sobre los que, si se hiciera un estudio, se observaría que sufren los mismos tratos. No sé si se refiere a alguna extracción social concreta o si sólo se trata de una forma de expresarse.
Se plantea qué se puede hacer en el marco legal. Creo que es una buena pregunta. No sé si simplemente el carecer de rótulo estigmatizador supondría que se redujera ese estigma que vienen sufriendo las mujeres prostitutas en la práctica, aparte de que la legislación suprima ese estigma que pesa sobre el trabajo de las mujeres que ejercen la prostitución.


En relación con los servicios sociales generales que se pretende que existan para las mujeres prostitutas, se ha hecho referencia a un servicio social muy concreto, que es el de las casas de acogida de mujeres maltratadas, respecto de las que se plantea que no se acepta a las mujeres prostitutas. Yo sí creo que existen casas de acogida para mujeres prostitutas en alguna comunidad autónoma. Si no es así, me gustaría que me aclarase este aspecto, porque quizá dispongo de una información que no es correcta.
Sí creo que en las casas de acogida a mujeres maltratadas, a las que habitualmente acuden éstas con niños pequeños, existe un cierto rechazo a que entren mujeres prostitutas por lo que venimos diciendo desde el inicio de esta sesión sobre ese estigma que pesa sobre ellas. Pero sí creía que era posible.
Me preocupa el planteamiento que hace doña Margarita Carreras sobre las denuncias que plantean frente a la Policía. Parece ser que lo normal es que no se les escuche por el hecho de ser prostitutas, que no se les crea y tampoco se les proteja en los casos en que quieren presentar denuncias respecto a las mafias, que parece que también siguen operando.
Me interesa mucho lo que ha planteado el senador Xuclà en cuanto a la autorización o el conocimiento por parte de los propietarios de los clubes. Con su consentimiento se produce este tipo de traslados de unos locales a otros de las mujeres que ejercen la prostitución bajo esta presión de las mafias.
Es muy interesante el estudio del que nos han pasado una fotocopia.
Respecto a los derechos humanos y las mujeres que ejercen la prostitución, se insiste en el derecho a que las denuncias sean atendidas correctamente, así como en el derecho al asilo político si han sido víctimas de trata. También se desprende que continúa habiendo mafias o redes en relación con las mujeres que ejercen la prostitución y presiones que no tendrían que estar sufriendo cuando estamos hablando de conseguir que sea un trabajo normal, entre comillas.
También me parece importante destacar el estigma no sólo social sino también respecto de sí mismas que sufren las propias mujeres que ejercen la prostitución. Me ha sorprendido cuando doña Margarita ha hablado de su trabajo. Parece que ella misma se colocaba el rótulo de normal o no normal. Decía que de 9 a 5 ejerce la prostitución y que el resto del día es una persona normal. Yo creo que la persona es normal desde que se levanta hasta que se acuesta aunque su trabajo no esté aceptado socialmente. Me sorprende, pues, en su forma de expresarse, ese cierto estigma que usted misma se coloca al hablar de que de 9 a 5 no es una persona normal y que el resto del día sí lo es.
En cualquier caso, voy a terminar porque está siendo una sesión excesivamente larga. En definitiva, creo que hemos comentado muchos aspectos.
Sólo, para finalizar, en cuanto a la intervención de la senadora Aburto, que se ha referido a la feminización de algunas profesiones, como en el campo de la medicina, creo que es cierto que se están convirtiendo en profesiones desempeñadas por mujeres. Véase el alto número de mujeres que ejercen como médicos y ejercen como enfermeras. Pero no creo que la autoestima de los profesionales de la pediatría esté bajo mínimos, sino que las profesiones que se feminizan quedan automáticamente devaluadas por ese problema de género, y no sólo en el campo de la Medicina sino en todas las profesiones que se feminizan.
Reitero mi agradecimiento a las comparecientes por sus intervenciones, que me han parecido muy interesantes.
Nada más. Muchas gracias.

La señora PRESIDENTA: Gracias, senadora Tejedor.
A continuación, tienen la palabra las comparecientes.
Creo que se pueden ir ustedes turnando como consideren procedente.

La señora JULIANO CORREGIDO (Doctora en Antropología Social): Gracias.
Para simplificar, si quiere, puede contestar en primer lugar la señora Carreras respecto a la autoestigmatización internalizada y posteriormente yo contestaría en conjunto al resto de las preguntas.

La señora CARRERAS ROIG (Colaboradora del grupo de estudio Línea de Investigación y Cooperación con Inmigrantes y Trabajadores Sexuales, LICIT): Me gustaría contestar a la senadora del Grupo Parlamentario Popular que yo hablo así para que los demás me entiendan, porque yo me considero normal, pero cuando llego a mi puesto de trabajo dejo de serlo para los demás, soy la Margarita que trabaja en la calle Robador. Sólo soy Margarita en mi casa o con mis amigos o con la gente que me conoce o que me aprecia y me quiere, pero en el momento en que entro por la calle Robador, aún no he dicho nada, pero ya soy ésa automáticamente, aunque no vaya a hacer nada, sólo cruzar por la calle del Carmen, donde está el mercado de la Boquería y voy a comprar pescado.
Nosotros internalizamos la estigmatización porque es el concepto que los demás tienen de nosotras, no lo que realmente somos. Es la imagen que tienen de nuestro trabajo. Yo lo considero un trabajo y soy trabajadora sexual porque trabajo con el sexo. No soy una puta o una prostituta. La diferencia en esos criterios la ponen los demás, no yo, porque sé lo que hago, por lo que lo hago y estoy muy convencida de ello. Sin embargo, los demás no tienen muy clara esa idea y nosotras lo repetimos mucho para ayudar a los demás a tener una idea más clara de lo que realmente es nuestro mundo. Yo voy a trabajar como lo hacía en el Avenida Palace durante ocho horas para hacer 20 habitaciones. Igualmente ahora voy a trabajar a la calle Robador, hablo con una persona, trabajo para ella durante un tiempo determinado y por un precio determinado. Cuando finaliza mi trabajo vuelvo a ser yo. Cada vez es una representación teatral. Vas con una persona que te pide un servicio y tú se lo prestas a cambio de un precio, pero el estigma me lo pone la persona que viene conmigo, no yo como persona. No estoy estigmatizada porque soy una persona normal. Y a este respecto puedo contarles que en una emisora de radio estaba hablando con la parlamentaria Carme Valls sobre las personas que llamaban diciendo que nosotras éramos de una determinada forma y me sorprendió mucho la respuesta

de la parlamentaria porque dijo: a mi consulta vienen personas víctimas de malos tratos que se sienten mucho menos personas que Margarita que está hablando conmigo. Yo soy lo que soy y estoy convencida de ello. Es algo que no me perjudica para nada. Hago un trabajo porque considero que me es rentable y que puedo vivir mejor que si cobro 100.000 pesetas al mes. Y la señora Carme Valls consideraba que las personas maltratadas, las que iban a su consulta, tenían mucha menos autoestima que yo por haber recibido malos tratos, por haber vivido en familias que no tenían estabilidad normal y que habían tenido problemas con su pareja o con sus padres. Tenían mucha menos consideración con ellas mismas como personas.
Yo estoy muy contenta de mí como persona, aunque los demás no lo estén.

La señora PRESIDENTA: Tiene la palabra la señora Juliano.

La señora JULIANO CORREGIDO (Doctora en Antropología Social): La senadora del Grupo Parlamentario Mixto hablaba sobre la dificultad de legislar sobre la estigmatización. En líneas generales yo comparto la idea que luego se ha propuesto de que se puede legislar en la misma medida en que puede hacerse contra el racismo, por ejemplo. Es decir, incorporar medidas positivas para evitar la discriminación de las personas que ejercen el trabajo sexual es algo que puede incluirse en los mismos paquetes de aquellos que se refieren a no discriminar por el color de la piel o por la religión; en definitiva, el conjunto de medidas de lo que últimamente se denomina educación antirracista y que se están imponiendo prácticamente en todas partes de Europa. Pienso que podría llegar a hacerse.
Estoy de acuerdo en que las soluciones son difíciles cuando se refieren a las quejas de los vecinos y, fundamentalmente, al hecho de la devaluación de los pisos e intereses de tipo económico, pero también es cierto que cuando hay voluntad de diálogo y en lugar de aceptar las quejas como legítimas en sí mismas, se discute cuál es el problema real, cómo podemos tener en cuenta los intereses de todas las personas implicadas, se produce una pedagogía cívica y la gente aprende a moderar sus discursos exaltados. Cuando nadie se pone enfrente, los discursos de un Le Pen o los discursos racistas arrastran multitudes, pero cuando se toman el trabajo de discutirlos y plantearlos, bajan de nivel. Yo pienso que también en este caso se puede actuar.
La senadora del Grupo Parlamentario de Senadores Nacionalistas Vascos pregunta si el caso de la prostitución es semejante al de los malos tratos en términos de visibilización. Yo pienso que sí, que hay una gran cantidad de problemas de género y el de la prostitución lo es en la medida de su estigmatización, no de su profesionalización porque, como señalaba antes, también hay hombres, pero la idea de prostituta o de puta se aplica fundamentalmente a las mujeres, incluso cuando se aplicaba la palabra puto al hombre se refería a la homosexualidad y no al trabajo sexual. A este respecto hay una fuerte connotación. Van siendo visibilizados en la medida en que las luchas de las mujeres obligan a visibilizarlo. Quiero señalar muy claramente que yo me acerco a este problema desde una perspectiva feminista. Es decir, es cierto que hay sectores del feminismo que mantienen posiciones abolicionistas, pero también lo es que hay sectores cada vez más importantes del feminismo que consideran que el trato que se da al sector más estigmatizado del mundo de las mujeres es un indicador del que se da a todas ellas y que, por consiguiente, el problema de la estigmatización de las prostitutas afecta a todas las mujeres.
Yo creo que la visibilización del problema, la reivindicación de los derechos y dejar de lado las estrategias de compartimentación, según las cuales para salvar la piel la prostituta tenía que esconder que estaba trabajando en esto para que no le cobraran demasiado caro su trabajo, se está superando poco a poco.
Las jornadas que celebraremos entre los días 7 y 16 irán acompañadas de una manifestación también, manifestación a la que acudirán con caretas, como lo hicieron aquí, porque ¿quién se anima a dar la cara? Es muy difícil. Pero pienso que, poco a poco, se va visibilizando, como el caso de las mujeres maltratadas.
Los rótulos no estigmatizadores lo son, fundamentalmente, en términos de la regulación del trabajo para que no queden anotadas como tales. Es decir, no tanto en la utilización cotidiana donde el rótulo de trabajadora sexual no se encuentra estigmatizante, pero para que figure en la documentación como antecedente laboral o como motivo por el cual se ha ingresado dinero en la Seguridad Social, puede resultar demasiado estigmatizante.
El compañero del Grupo Parlamentario Catalán en el Senado de Convergència i Unió habla de posiciones encontradas. Desde el feminismo es cierto, hay posiciones encontradas y discursos muy fuertes. De todas maneras, quiero señalar que la organización feminista principal de Barcelona, que es Ca la dona, nos ha invitado dos o tres veces a formar parte de sus jornadas y tenemos contactos muy amplios. La mayoría de la gente que estamos trabajando sobre este asunto lo hacemos desde la perspectiva feminista. Y cuando hablan de que debe de haber algunas redes tienen razón. Hay más de una. El problema es que cuanto mayor sea la fragilidad social de este colectivo, más difícil es luchar contra las redes. La mejor manera de hacerlo es dar crédito social a las prostitutas, levantar los estigmas, que ellas puedan organizarse, hablar. Es la manera por la cual pueden defenderse. Es decir, un colectivo silenciado, estigmatizado, es débil y víctima de redes. Por tanto, hay que luchar contra las redes, pero no contra las prostitutas.
Me parece importante y significativo lo que se ha señalado a este respecto. Si ponemos en el mismo nivel todo lo que se relaciona con la prostitución, terminamos dando carta blanca a las redes mafiosas de verdad porque estamos considerando, por ejemplo --y se ha visto bastante--, que tener un pequeño «meublé» es promover la prostitución o ayudarla. Es decir, hay que separar. Y es cierto que en el término de redes hay que tratar también la coacción física, la amenaza y el maltrato. Esto es lo que hay realmente, la estafa. Esto hay que sancionarlo siempre y no solamente

en la prostitución, sino en cualquier otra actividad. Desde este punto de vista, la legislación es válida.
La pregunta sobre las prostitutas mayores me gusta especialmente, porque hemos presentado un proyecto, un I+D para los próximos dos años entre la Universidad de Córdoba y la Universidad de Barcelona para hacer un seguimiento, un estudio de vida de mujeres que hayan estado en la prostitución y que tengan más de 50 años. Estamos muy entusiasmadas con el proyecto porque es la forma de ver cómo han solucionado los problemas y si se han reinsertado o no. ¿Cuáles han sido las estrategias que han utilizado? El problema es que como está tan estigmatizada la prostitución solamente se suele confesar que se ha estado en la prostitución antes de los 50 años cuando se está en la prostitución después. Da la sensación de que nadie puede salir nunca de ella y esto es absolutamente falso. Los estudios de la prostitución en Barcelona hace veinticinco años decían que en aquel momento había 30.000 prostitutas trabajando, veinte años después tendríamos que tener 30.000 prostitutas mayores o mendigas en la calle, muertas o desaparecidas o no sé qué horribles catástrofes les tendrían que haber pasado. En la realidad hay pocas mujeres que siguen trabajando después de esa edad. La mayoría han capitalizado de alguna manera sus ahorros, se han comprado un piso, han puesto un pequeño negocio, pero la que ha dejado la prostitución no dice que fue prostituta. No lo dice, pero a nosotros nos lo dirán porque para eso hemos estado con ellas en la calle cada día y conocemos aquello. Nos interesa seguir estos hilos, que serían muy difíciles de seguir, y ver cuáles son las estrategias que les han dado resultado. Si desde fuera se quieren hacer políticas de inserción, veamos en el laboratorio del tiempo cuáles son las estrategias que a ellas les han dado resultado. Yo estoy muy entusiasmada con el proyecto. Espero que nos den el I+D y que podamos hacerlo.
Con respecto a la presentación del Grupo Parlamentario Socialista, que habla de que la feminización de los trabajos los desvaloriza y que el problema es la igualdad, estoy completamente de acuerdo. En lo referente a que el trabajo sexual es duro pero que la sexualidad es agradable, tengo que decir que no hay mucha diferencia con decir que tener un restaurante es un trabajo muy duro y comer es agradable. Una cosa es el usuario del servicio y otra cosa es el trabajo de producirlo, que no forzosamente es agradable. En el caso de las trabajadoras sexuales el trabajo sexual no tiene nada que ver con su sexualidad. Para ellas es realmente un trabajo, que tratan de acabar lo más rápidamente posible. Es una pobre sexualidad. Yo no sé si era la señora Carreras quien hizo el comentario que decía que las prostitutas fabricaban eyaculadores precoces. Sí en la medida en que tratan de trabajar lo más rápidamente posible. El asunto es quitarse el cliente de delante lo más rápidamente posible, la actividad se reduce a unos pocos minutos. Para ellas es un trabajo y cuanto más rápidamente lo hacen más contentas están. Se implican muy poco sexualmente, la verdad es que prácticamente no se implican nada, además consideran parte de su profesionalidad no implicarse en lo posible. Desde ese punto de vista, lo que les queda del trabajo sexual es esto, trabajo, trabajo duro y desagradable. No tiene connotaciones interesantes para ellas.
Sobre la pregunta que me hizo la senadora del PP sobre Holanda, yo no he estado en Holanda ni he conversado con las prostitutas holandesas, que son las que cuentan. La ley excluye explícitamente a las trabajadoras sexuales inmigrantes. Ello está en relación con la legislación europea de control de la migración. De todas maneras, yo he estado mirando en mis fichas que en la Comisión Europea en el Tratado de Amsterdam, hay tres directivas que están en vigor: una es el principio de igual trato, independientemente de la raza, etnia para los inmigrantes. Otra es igual trato en el trabajo y lucha contra la discriminación. Desde este punto de vista, podrían recurrir este tipo de medida. Me parece muy difícil, porque aunque las propuestas de la Comisión Europea en el Tratado de Amsterdam lo señalan, las últimas propuestas del Consejo Europeo, que es de los gobiernos, en lugar de ir en ese sentido ha ido en el sentido de restringir más las medidas de la emigración. Así que si se restringe, en general, la posibilidad de conseguir buenas medidas legales para las prostitutas, me parece muy difícil de lograr, aunque sea un objetivo a largo plazo.
Por último, cuando hablo de malos tratos por sectores sociales me refiero a que las prostitutas suelen pertenecer a sectores sociales de no muy altos ingresos. Digo suelen porque puede haber también sectores de clases medias o incluso ocasionalmente mujeres de clase alta que han tenido conflictos con la familia y hay algunos colectivos que generan una prostitución específica, por ejemplo, los gitanos que como son muy puritanos en materia de la virginidad de las mujeres y de su control sexual, cuando una mujer gitana pierde su buen nombre o es madre soltera o no supera la prueba de virginidad puede ser repudiada por la familia y encontrarse en la necesidad de dedicarse a la prostitución. Quiero decir que hay diferencias por sectores y por colectivos. Pero si nosotros tomamos a cada grupo de trabajadoras sexuales y las comparamos con otras mujeres de su mismo entorno social, no hay unas diferencias demasiado significativas en cuanto a orígenes sociales, familias más o menos estructuradas, etcétera. Es decir, normalmente son personas que se caracterizan por tener cargas familiares, esto sí es bastante frecuente, lo cual hace que necesiten recursos especiales.
En lo referente a lo de las casas de acogida, nosotros no trabajamos con todas las comunidades, ya que son trabajos intensivos, de tipo antropológico. Nosotros trabajamos con determinados sectores de población, fundamentalmente de Cataluña. El resto de las comunidades las conozco por los encuentros y jornada que tenemos, en las cuales se conversa. Hay algunos proyectos de casas de acogida para trabajadoras sexuales específicamente. Nos informaron de uno que está por realizarse en Barcelona. En líneas generales, parece que la mejor estrategia sería aumentar la cantidad y calidad de casas de acogida y evitar la discriminación de casas de acogida para mujeres de un tipo u otro. Es decir, en sí mismo el hecho de que la mujer se gane la vida como prostituta o que se gane la vida lavando ropa en términos del maltrato y de la casa de acogida no tiene por qué resultar significativa.


De todas maneras, yo quisiera romper una lanza a favor de las instituciones, fundamentalmente de la policía. Es cierto que a veces a las trabajadoras sexuales no se las escucha o que se da mayor importancia a lo que dice un cliente. Es decir, si un cliente pone una denuncia contra una trabajadora sexual, se escucha siempre; si una trabajadora sexual pone una denuncia con respecto a que la han maltratado, normalmente no se la cree, etcétera. Pero no es mayor el nivel de discriminación del que hace la sociedad global, o sea, es la misma forma de interpretación que suelen tener los abogados y que quieren tener los distintos sectores y en algunos casos hay intentos bastante importantes por parte de la policía para poner asistentes sociales y tratar de entender el problema lo que unas veces funciona y otras no. Nosotros en tanto que LICIT hemos trabajado en varias ocasiones, yo diría frecuentes, con la policía y hemos conseguido apoyos, quiero decir que no es que carezcan de sensibilidad las instituciones, pero los prejuicios funcionan y lo hacen de una manera inconsciente. Pondré un ejemplo. Cuando se produjeron expulsiones de nigerianas el año pasado, preguntábamos desde el LICIT en determinadas dependencias policiales si las habían expulsado por ser prostitutas. Nos dijeron que no, que de ninguna manera, que se las expulsó solamente porque no tenían los papeles en orden. Y a los hombres, que tampoco tenían los papeles en orden, ¿por qué no se les expulsó? Y se nos contestó: bueno, es que hay que reconocer que ellas no estaban haciendo nada santo. ¿Por qué se las había expulsado? Son los prejuicios sociales. No es que haya instituciones que estén funcionando desde un esquema muy rígido de prejuicios, no. Están funcionando simplemente en términos de una sociedad llena de prejuicios, los cuales a veces se superan y a veces no. No sé si Margarita Carreras estará de acuerdo conmigo en esto. (Asentimiento.) Les agradezco la paciencia que sus señorías han tenido conmigo. Gracias.

La señora PRESIDENTA: Muchas gracias. Ha sido una intervención la de las dos comparecientes muy impactante y muy de primera mano como es evidente.
Se han aunado teoría y experiencia, y de ello damos fe por lo que se ha alargado esta sesión.
Señorías, si me lo permiten y abusando de su paciencia, quería plantearles dos cosas para que las conteste de forma muy breve. La primera es una pregunta que me pide les transmita el senador Barranco.
¿Qué reivindicación concreta harán ustedes en la manifestación que va a tener lugar en Barcelona? La primera se refiere a lo ya tantas veces comentado, el trabajo estresante, duro y poco agradable. ¿Es cierto que en las personas que ejercen la prostitución van quedando secuelas traumáticas? Gracias.

La señora CARRERAS ROIG (Colaboradora del grupo de estudio Línea de Investigación y Cooperación con Inmigrantes y Trabajadores Sexuales, LICIT): Me vuelvo a remitir a las secuelas. Eso depende de cómo uno esté preparado para ese trabajo, si se quiere realizar y el ámbito en que se hace. Yo, por ejemplo, lo elegí libremente. Toda mi familia lo sabe. En mi casa nunca jamás se le ha ocurrido a nadie echarme en cara el trabajo al que me dedico porque mi trabajo no lo hago en mi casa. En mi casa soy la misma persona que cuando nací. Ahora tengo 40 años y sigo viviendo en la misma casa y con mi familia de toda la vida. Eso sí, el respeto que me tiene mi familia no se lo puedo exigir a todo el mundo. Sé que insisto mucho en lo del respeto, pero es que, por el solo hecho de trabajar en esto la gente ya no te mira como a una persona de las que se consideran normales porque tampoco consideran mi trabajo como algo normal.
Es decir, partiendo de esa base, el trato que recibes ya no es igual que el que se da a otra gente. Por otra parte, eso también depende del sitio en que te mueves. Por ejemplo, no es lo mismo trabajar en un local con un horario establecido y en el que tienes que pagar una cantidad para que puedas ejercer allí tu trabajo. Ellos no te pagan a ti por trabajar, al contrario que ocurría antes. Yo empecé trabajando de camarera, y a mí me hacían un contrato por el que cotizaba a la Seguridad Social como camarera. Pero ahora no es así. Ahora yo tengo que pagar 8.000 pesetas en un local para que me dejen trabajar, pero el beneficio es para el dueño.
Yo llevo veinte años en la calle Robador, pero prefiero hacer la calle porque de ese modo trabajo solamente el día que quiero. Nadie me obliga, y además no tengo que pagar a nadie para poder trabajar. Mi trabajo lo ejerzo yo libremente y además escojo a la persona con la que quiero ir.
Por otro lado, el ámbito que te rodea ayuda mucho a cómo cada uno enfrentemos nuestro trabajo. Si un cliente es de una clase social media o alta normalmente te tratará con más respeto, con más educación o de un modo mejor que si se trata de un «paleta» o un zapatero, que suelen ser personas más bruscas. En estos casos el trabajo que hay que hacer es psicológicamente más fuerte para conseguir que esas personas estén relajadas y para que el trabajo sea lo más llevadero posible. El trabajo que yo hago es más psicológico que físico. Yo tengo que conseguir que a esa persona que está conmigo le funcione la cabeza para que le responda también el resto del cuerpo para mi beneficio. Yo tengo que intentar que esa persona esté a gusto porque de ese modo más rápido haré mi trabajo.
Ya he dicho antes que cada vez que empiezo mi trabajo empieza una función de teatro. El ya sabe a qué viene, pero tengo que intentar poner en práctica una clase de psicología rápida para que él se convenza de lo que le estoy diciendo y haciendo. Esa persona tiene que quedar contenta porque yo tengo un negocio que es mi propia persona. Por tanto, como ocurre en cualquier negocio, tengo que intentar que esa persona vuelva otro día y me siga generando unos ingresos, motivo por el que trabajo realmente.
En resumen, hay a quien esta profesión les afectará psicológicamente, pero no ocurre eso con todas. Repito que eso depende de cómo cada uno ejerza su trabajo y de cómo esté preparado cada cual física y mentalmente.

La señora JULIANO CORREGIDO: (Doctora en Antropología Social): Hay algunas cosas también interesantes a este respecto.


En nuestro equipo tenemos una socióloga argelina, porque parte de la prostitución la ejercen musulmanas, con lo cual se necesita alguien que sepa árabe y que trabaje con ellas. Según testimonios de prostitutas musulmanas, que podrían ser también los de las gitanas y los de mujeres de otros grupos étnicos, estas mujeres encuentran a veces en la prostitución incluso un ámbito de liberación. Unos testimonios muy comunes son los siguientes: me casaron contra mi voluntad cuando yo era pequeña. Yo era una verdadera esclava mientras estuve casada. No disponía de dinero, de mí misma ni de libertad sexual. Ahora es cuando empiezo a disponer de mí misma, cuando me he dedicado a esto. Desde que me dedico a esto me respeta mi familia porque les mando dinero. Por fin me reconocen como a una persona.
Lejos de la desintegración total, éste puede ser un ámbito de autovalidación según la experiencia con que estén comparando, pero respecto de los matrimonios arreglados y obligatorios ellas encuentran que es mejor la prostitución. Son testimonios de ellas.
En cuanto a qué reivindican, debo decir que las jornadas a celebrar entre el 7 y el 14 de julio van a estar referidas a derechos humanos y trabajo sexual. Se habla de trabajadora social, trabajadora sexual, trabajadora de la justicia, de sanidad, de la enseñanza, etcétera. Es decir, ya empieza a haber una idea de empezar a comparar el trabajo sexual con los demás trabajos.
Finalmente, la frase que quedó consensuada es la siguiente: «Mírame a los ojos, soy una persona como tú». Es decir, la reivindicación está en esa afirmación de protagonismo de la propia vida de esas personas. De todas maneras, algunas otras reivindicaciones son un poco más concretas. Hay manifestaciones para reivindicar los derechos civiles y laborales de las personas trabajadoras sexuales, por ejemplo, para que no se cierren los «meublés» donde trabajan o para que no las persiga la policía porque de vez en cuando se hacen campañas para limpiar las ciudades, y esa limpieza consiste en mandar a las prostitutas a las carreteras, a zonas francas, a lugares sin seguridad ni protección alguna y sin policía. Hay que discutir todas estas cuestiones.
Si cuando hagamos la manifestación nos tiran tomates, ya se lo contaremos. (Risas.)
La señora PRESIDENTA: De nuevo muchísimas gracias a las dos.
Para finalizar esta sesión solamente queda someter el acta de la sesión de esta Comisión celebrada el día 6 de junio pasado a la aprobación de sus señorías.
¿Se puede dar por aprobada? (Pausa.) Queda, pues, aprobada.
Muchas gracias a todos. Se levanta la sesión.

Eran las veinte horas y cincuenta minutos.

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