Hetaira
Entre todas las mujeres

Eduardo Haro Tecglen

 

Hay un feminismo de salón, otro de partido, pocos de santo hogar, muchos de literatura; pero entre no sacan adelante a las mas sufridas y maltratadas de entre todas las mujeres. Hay mucho precios que tiene que pagar quien tiene hambre de sexo; ninguno  mas barato  que el que le dan las “mujeres de la calle”,   En la larga lista negra hay asesinadas en la calle o en el campo, cosidas a navajazos, contusionadas, abusadas en los calabozos de comisara; y miradas con desdén por las damas que pasan. Denunciadas por los comerciantes, como si algunos de ellos no tuvieran un comercio menos decente y mas adulterado que ellas; el “comercio sexual” tiene siempre una  chispa de entrega, un pago con el cuerpo; a veces uno ha puesto también un rasgo de amor de minutos por esa mujer de paso; a veces alguna le ha dejado una huella larga. Recuerdo un poema de Gerardo Diego: “Tenía la misma voz – que sueño para mi amada”. La mujer junto a la que pasaba el poeta le llamo con esa voz de fondo del cuerpo y le dijo “¡Vamos… anda…”; y a mi ese poema que leí de niño me dejó una emoción que no olvido. Recuerdo a Merceditas, compañera en las sillas del Frontón donde nos jugábamos el dinero que nos ganábamos, muy mal, ella con su cuerpo, yo con mi escritura y no nos tocamos nunca: hablábamos y hablamos de nuestro trabajo. Murió de sífilis.  “Hetairas y poetas somos hermanos”, decía el poema de Manuel Machado, que tanto amo. No olvidó, y moriré con su recuerdo, los ojos de Zohora, carbunclos negros, una vez coja de una patada de un religioso de su religión, otra vez ofreciendo unas flores a la mujer que tenía derechos sobre un hombre para que se lo dejara una sola noche. A veces, cuando las veo apoyadas en la pared ajena, soy capaz de recitar por dentro un ave maría: laico.

 

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