Hetaira

El dulce veneno del escorpión
Presentación del libro de Bruna Surfistinha,
Fnac, Madrid, 20 de febrero de 2007 Mamen Briz, Colectivo Hetaira

 

Leer las memorias de mujeres que ejercieron o ejercen la prostitución es un sano ejercicio. Una tiene la posibilidad de conocer experiencias de vida que consiguen alcanzar todo su valor porque son narradas por sus protagonistas, fuera de las habituales interpretaciones sociológicas, periodísticas o políticas. Fuera del alcance de los estereotipos que frenan la capacidad de comprensión de cuanto nos rodea.

A veces ocurre que algunas mujeres, las más lanzadas o las que menos tienen que perder, se presentan ante la sociedad como profesionales de la industria del sexo: “Son prostitutas de alto standing. Esas no valen. Su opinión, su experiencia de vida, no vale. Son una minoría. No vamos a darles derechos”. El mismo desprecio de siempre en embalaje nuevo. El mismo discurso “salvador” de siempre. No reconocer que existen mujeres y organizaciones -desde los años 80 en Norteamérica y un poquito más tarde en Europa y Asia- que trabajan en la defensa de los derechos de las prostitutas denota, como poco, una gran falta de información.

Raquel Pacheco a sus 21 años es una mujer fuerte, atrevida, decidida y valiente. Una “chica mala” que se parece, y mucho, a todas esas prostitutas maravillosas que hemos tenido la suerte de conocer durante estos 12 años de existencia del Colectivo Hetaira.

Raquel, al igual que ellas, ha tenido que enfrentarse al estigma de ser “puta” y ahora a un nuevo estigma, no por eso menos doloroso, el de ser una “ex prostituta”. Cada vez hay más mujeres que toman decisiones respecto a qué hacer con su cuerpo, con su sexualidad, mujeres dispuestas a aceptar el rechazo social que sufrirán como castigo. Son transgresoras de una “sexualidad femenina normativa” que dice a las mujeres qué está bien y qué está mal y cuáles son los límites que no han de sobrepasar.

 

Raquel Pacheco se convierte en Bruna, y uno de sus clientes le alaba su cuerpo de surfista. Bruna Surfistinha ha vivido deprisa, ha surcado mares y océanos, sorteando, y a veces provocando, tormentas peligrosas a su paso. Sus memorias, El dulce veneno del escorpión, así lo atestiguan.

 

Romper con los estereotipos de género que se nos han asignado por el hecho de nacer con un sexo u otro no siempre es fácil ni especialmente divertido, supone enfrentarte a costumbres y tradiciones que marcan. Desde pequeña, Raquel se aventuró a romper con esos estereotipos que se le suponen al género femenino. Ya en el colegio arrastra con la fama de ser un “pendón”, escribe: “Me daba igual tener fama de ligona en el colegio, me comportaba como si fuera un chico. Para ellos tener fama de pendones era sinónimo de masculinidad…”.

 

Ligona, pendón. Raquel tiene apenas quince años cuando se enfrenta por primera vez al estigma de ser “puta”, demasiado joven para mantener relaciones sexuales consentidas, aunque sea con un chico de tu clase, aunque sea sólo por curiosidad. Sus compañeros y compañeras de colegio están dispuestos a hacerle sentir diferente, a culpabilizarle de inconfensables males, a calificarle de delincuente. Dice: “Sólo oía risitas y sentía sus miradas cuando pasaba. Algunas eran de malicia, otras de rechazo”. Sólo a través de reconocerse a sí misma, saca fuerzas para continuar adelante, aunque tenga que ser enfrentándose a todos y declara: “Hasta que un día no aguanté más tanta hipocresía y les dije: Lo hice, me gustó y lo haría de nuevo”.

 

Intercambiar sexo por dinero es una estrategia de supervivencia para muchas mujeres (“Sólo pensaba en juntar dinero para poder ser mi propia dueña, afirma). Para Raquel supuso no tener que aceptar dinero de nadie (“Ni siquiera prestado”, dice). Ser puta la convierte en económicamente independiente y le ofrece la posibilidad de planificar su futuro, la posibilidad algún día de poder llegar a ser una buena psicóloga, por ejemplo. Aunque sabe de antemano que no será una “vida fácil”, ni “glamourosa” sino rutinaria, tediosa y que tendrá que pelear duramente. Ni siquiera contará con la amistad de sus iguales (“chicas muy majas, con historias parecidas”) porque el trabajo es competencia y todas quieren conseguir la mirada y el dinero del cliente. Un dinero “diferente”, que no sirve para abrir una cuenta en un banco, ni para pedir un crédito y conseguir una vivienda, ni para conseguir derechos laborales y protección social, ni para pagar impuestos… Ser puta no es ninguna profesión. Ni en Brasil, ni en nuestro país, ni en otros muchos lugares del mundo. (Hoy mismo, el Congreso de los Diputados ha decidido que las prostitutas continuarán como están; es decir, sin derechos),

 

Raquel, ya Bruna, no reniega de lo que hace, no le disgusta: “Me hace sentirme deseada, como nunca lo había sentido antes”, pero como muchas otras mujeres que ejercen la prostitución no desea ser puta el resto de su vida (Explica: “Trabajo justamente para que llegue un día en que pueda dejarlo”). No es una actividad cómoda, ni glamourosa. Cuando decide dejarlo también afirma algo muy claro: “No soy una Magdalena arrepentida”.

 

Bruna ha vivido lo peor de la profesión: el sentimiento de soledad, la incomprensión, la distancia con la familia, la sospecha permanente de que una mujer que se dedica a esto no puede estar bien de la cabeza. Bruna tiene un diario íntimo, anticipo de sus memorias, un blog en el que relata sus encuentros sexuales con clientes, en el que un día, algo deprimida, escribe: “Hice un resumen de mi vida y dije que no valía la pena ser puta, y que si pudiera volver atrás, nunca escogería ese camino. Todo eso puesto en el blog de una prostituta. Al día siguiente, ya estaba un poco mejor y decidí quitarlo. La gente iba a creer que además de ser puta estaba loca”. Y la humillación, algunas personas se pusieron en contacto para recordarle que ser puta tiene un precio y que se termina pagando:En realidad, era de esperar, yo rompí los moldes”, dice.

 

Existen algunas otras memorias de prostitutas, de entre mis favoritas, Una vida de puta. En Francia se edita en 1975, tras los encierros protagonizados por prostitutas en la iglesia de Lyon. En este libro de testimonios colectivos -de absoluta actualidad a pesar de haber transcurrido más de 30 años- se habla de hipocresía y de la falta de libertad sexual para las mujeres. Escribe D.:Mi cuerpo me pertenece, y hago con él lo que quiero. Puede que hubiese querido hacer otra cosa, puede que yo sueñe con otra vida, puede que esto no haya sido verdaderamente una elección por mi parte, mientras tanto soy una mujer, una mujer tan respetable como cualquier otra, una mujer adulta, y no soporto a los que quieren decidir por mí”. Raquel Pacheco no había nacido entonces, pero estoy convencida de que suscribiría estas mismas palabras.

 

1975 fue proclamado Año Internacional de la Mujer y desde entonces han cambiado muchas cosas. A pesar de ello “puta” sigue siendo sinónimo de loca, de excluida (sin reconocimiento social ni derechos), de mujer que merece estar sola (sin familia, hijos, maridos, novios o amigos), de puta-puta (por hacer con su cuerpo lo que le da la gana), de mujer sin conciencia o incapaz (no sabe lo que se dice, está alineada porque es puta), de basura (hay que limpiar las calles de prostitución, dicen los políticos)…

 

Los testimonios de las francesas podrían parecernos ahora “hasta recatados” en un sentido más sexual. Las memorias de Bruna Surfistinha no obvian el sexo y hablan con descaro de su sexualidad, dentro y fuera de la prostitución, de sus gustos y deseos, de sus fantasías eróticas y también de sus límites: “No juzgo a la gente ni sus fantasías, ¿quién soy yo para hacerlo? Pero sí tengo el derecho de espantarme y de tener mis propios límites”,reflexiona.

 

Raquel Pacheco adora los sex shops porque le parecen lugares divertidos y porque se lo pasa bomba, frecuenta especialmente uno en donde sólo permiten la entrada a mujeres, allí compra juguetes, cremas, aceites, disfraces, perfumes…. Escribe:“Te sientes más cómoda, sin esos hombres mirando con curiosidad qué es lo que compran ellas. Además, tienen cosas muy graciosas, como unas cañitas y un juego de cubiertos en forma de polla que compré para casa”. También le gusta frecuentar lugares en donde se dan intercambios de parejas y sexo entre mujeres. Cuenta: “Allí llegué a una conclusión sobre el alma femenina: a ellas les gustar estar con otra mujer. Eso que dicen de ‘realizar la fantasía del marido’, es real sólo para una minoría. Y es también una disculpa útil. La mujer es más tímida, más reservada y tiene miedo de los tabúes, por eso ponen esa excusa”. Para ella es sencillo separar su trabajo de sus relaciones amorosas: “Sé separar perfectamente el sexo del trabajo al de una relación de amor, de pasión o de lo que sea. Mi cabeza y mi cuerpo pueden estar cansados, pero cuando me encuentro con mi pareja quiero hacer sexo de verdad”.

 

Bruna Surfistinha se aumenta el pecho (“Lo hice más por el trabajo que por mí misma”, dice Raquel) y tiene un menú al que va incorporando “platos” diferentes para sus clientes: oral, vaginal, anal, cubana…; esos hombres (“muertos de ansiedad”, dice) que van en su busca: “Los conduzco, les enseño, los trabajo… Hacen que me sienta especial”. Bruna conoce confesiones que guarda para sí, respeta a sus clientes y su privacidad, nunca se burla de su inexperiencia. Alguno de ellos es inolvidable, como aquel tipo triste e inseguro, cargado de complejos, en busca de un refugio. A Bruna le encanta ser centro de atención y asumir un papel activo cuando trabaja y no teme probar nuevas sensaciones y experiencias: “Tener a dos hombres a mi disposición me dio una increíble sensación de poder”, relata. Lo suyo es imperdonable. No sólo es puta, no sólo lo cuenta, sino que además no tiene intenciones de avergonzarse, ni arrepentirse o esconderse sino que desea enseñar a mujeres y hombres a ser un poquito más felices en sus relaciones íntimas. No se pierdan, en su libro, Los quince mandamientos de Bruna.

 

Raquel Pacheco (ya sólo Bruna Surfistinha en su blog) seguirá su vida, surfeando, enfrentándose a olas desesperadas a las que sabrá esquivar o a las que aprenderá a esquivar, como siempre hizo hasta ahora. Nosotras te pedimos que no cambies, que no calles, que tu voz siga estando viva, animando y ayudando a otras muchas mujeres a tomar decisiones en su vida, por difíciles que éstas sean. El movimiento en defensa de los derechos de las prostitutas necesita de tu voz, de tu palabra, necesita las voces de todas las personas que están convencidas de que trabajadoras y trabajadores del sexo no merecen seguir estando discriminados, maldecidos a su paso, vilipendiados, lo que necesitan son derechos, derechos laborales que les igualen al resto de hombres y mujeres. Mucha suerte Raquel. Te deseamos lo mejor.

 

 

(1) Coordinado por Claude Jager, un libro ya descatalogado que en nuestro país publica Ediciones Júcar en 1977. 





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