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Espacios para trabajar tranquilas

, L’Avanç, Mamen Briz,  2006

Durante los últimos meses los debates en torno a la prostitución se han disparado. Muchos son los asuntos que confluyen y que han hecho posible que este problema pase a ocupar la agenda del mundo de “la política”. Por supuesto ha influido la existencia (e insistencia) del cada vez más consolidado movimiento de trabajadoras y trabajadores del sexo que se ha manifestado públicamente en las calles de Barcelona y Madrid. Sin embargo, la voz de las personas que ejercen en la calle sigue sin ser escuchada y cada consistorio municipal está haciendo lo que le viene en gana ante la pasividad escandalosa del Gobierno central.
La concejalía de Gobierno de Empleo y Servicios a la Ciudadanía del Ayuntamiento de Madrid, con Ana Botella a la cabeza, puso en marcha, en marzo de 2004, el llamado Plan contra la Explotación Sexual. Un plan que se marcó cuatro objetivos estratégicos: “Primero, conseguir que Madrid no sea un destino fácil para las redes de traficantes de seres humanos y proxenetas”. La coacción, el secuestro y la extorsión en el ejercicio de la prostitución o en cualquier otra actividad es un delito punible. Por tanto, para conseguir su primer objetivo no es necesario un plan municipal, ni dos, ni tres, sino que se dediquen presupuestos y personal suficiente como para poder garantizar que vivimos en un Estado de Derecho donde nadie es obligado a realizar ninguna actividad en contra de su propia voluntad. Un sistema de protección a las mujeres que garantice que puedan denunciar con tranquilidad (cosa que a día de hoy no hacen) y que garantice que no serán devueltas a sus países de origen cuando se desmantela una red (como sucede en la práctica). Es responsabilidad del Ministerio del Interior, de las fuerzas de seguridad y del sistema judicial que este tipo de situaciones no se den en nuestro país. Lo demás es simple demagogia y estupendísimas declaraciones de principios vacías de contenido.
“Segundo, concienciar al cliente-prostituidor sobre el ejercicio de la prostitución”. El anuncio que el Ayuntamiento ha dirigido a los clientes (como si sólo existiesen clientes hombres, por supuesto) es el siguiente: Porque tú pagas, existe la prostitución. No contribuyas a perpetuar la explotación de seres humanos”. Una campaña que ha gastado recursos en más de 3.000 carteles de diferente formato, 40.000 tarjetas postales y 100.000 folletos. Un dinero dudosamente gastado y una campaña que las prostitutas de Madrid rediseñaron: “Porque tú pagas, existe la prostitución: respétanos, usa siempre condón y páganos bien”. La persecución al cliente, emulando el modelo sueco (un modelo que ha dejado sin protección a muchísimas mujeres que hoy se encuentran en la más absoluta de la clandestinidad sin posibilidad de defenderse ante agresiones de clientes, malos tratos, violaciones o situaciones en que se nieguen a pagarles un servicio) aparece como el nuevo chivo expiatorio. Las mujeres de la calle no desean que el cliente desaparezca, eso supondría la desaparición de su modo de vida. Pero a ellas nunca se les pregunta y si dan su opinión se desconsiderará porque “en el fondo” no saben lo que es bueno para ellas. Lo sabe Ana Botella. Como durante años supo el paternalismo lo que convenía a las mujeres, pero sin las mujeres.
“Tercero, ofrecer información, apoyo, atención y alternativas al mismo tiempo que posibilitar la recuperación personal e inserción sociolaboral a las “mujeres prostituidas” que deseen abandonar el ejercicio de la prostitución”. Tras casi dos años de funcionamiento del plan, y a pesar del balance positivo que se hace desde el Ayuntamiento, en la calle de la Montera y las calles aledañas al centro de Madrid sigue existiendo la prostitución. Esto sólo puede significar que las alternativas han sido un estruendoso fracaso porque de haber sido útiles algunas mujeres las habrían aprovechado. A no ser que “apoyo” y “atención” signifique: policía que intentará disuadir a los clientes de pararse en determinadas zonas, policía que pedirá insistentemente varias veces al día la documentación a las mujeres, fomentando así la idea ante el conjunto de la sociedad de que “algo malo estarán haciendo”. ¿En qué quedamos? ¿son víctimas o son sospechosas de cometer algún delito?
“Cuarto, realizar campañas de información y sensibilización social dirigidas al conjunto de la población, incidiendo especialmente en los más jóvenes, con el fin de realizar una función de educación en valores no sexistas e igualitarios entre los géneros así como de prevención de comportamientos de dominación y violencia masculina (física, psíquica, sexual…) contra las mujeres”. Es estupendo que el Ayuntamiento de Madrid se sume a las ideas igualitarias y que esté preocupado por frenar la violencia sexista contra las mujeres. Nos alegramos mucho. Ahora sólo falta que además cese la violencia institucional (actuaciones policiales abusivas, redadas indiscriminadas y continuadas) contra las mujeres más desprotegidas, las que trabajan en la calle.
En los planes municipales de los ayuntamientos de Valencia, Barcelona y Madrid hay elementos comunes: todos ellos focalizan su atención en la calle pero no se empeñan igual en los locales cerrados, en los clubs. Ninguno habla de derechos laborales para quienes deseen continuar ejerciendo la prostitución. La historia se repite y se empuja a quienes se dedican a esta actividad a desaparecer de nuestra vista, a recluirse en locales donde no molesten, donde no nos cuestionen nuestro modelo de sociedad, donde no se vea el sexo, porque el sexo para mucha gente sigue siendo algo pecaminoso, mucho más cuando la iniciativa parte desde una mujer. Algunos ayuntamientos recurren al sistema de multas, convertidos ahora en los nuevos proxenetas de estas mujeres, que deberán trabajar aún más para poder pagarlas. Hay un salto tremendo entre la falsa teoría que afirma que “todas, o casi todas, son víctimas” y la práctica: impedirles trabajar tranquilas.
Desde muchos colectivos de defensa de derechos de las prostitutas reclamamos espacios para trabajar tranquilas, barrios rojos al igual que existen en otros países, en donde las prostitutas puedan ejercer con derechos y donde la convivencia ciudadana no se vea afectada. Lugares en donde ellas pongan sus condiciones para trabajar y decidan qué prácticas sexuales desean realizar, con quién y cuándo, sin estar expuestas a los deseos de los dueños de los locales cerrados y desde donde puedan denunciar cualquier tipo de abuso que puedan sufrir. La demagogia no sirve para solucionar sus problemas.

febrero, 2006 |Categories: Artículos de Hetaira|