Hetaira

A través del cristal
Pablo Sanz

Entonces, a través del cristal, me llegan confusos los gritos, la bronca terrible a la puerta del Afrodita. Jesús trata de evitar que Maika salga a la calle, porque está muy alterada. Pero no lo consigue, y resulta tremendo verla así, casi completamente desnuda en mitad de la acera -es ridículo su minúsculo tanga rojo-, arropada por este frío terrible, por esta ventisca furiosa que hace bajar todas las miradas. Jesús intenta retenerla, algo avergonzado porque ella está en sus brazos, pero también porque está desnuda, porque está montando un escándalo en la vía pública, como dicen los municipotes, porque no consigue llevarla dentro del local. Porque sigue chillando furiosa al orondo, que se ha retirado unos pasitos, y sonríe con sorna, cínico, imperturbable, infinito el desprecio en sus ojos, en el corte perfecto de su cálido abrigo inglés. ¡Qué eres un cabrón, un hijo de puta, un cerdo...! ¡Sí, un cerdo y un cabrón! Jesús no saber qué hacer. Entonces el cliente se decide, se acerca despacio, burlón, como si uno de los puyazos de Maika le hubiese alcanzado en la cruz. ¿Ah, no?, ¿crees acaso que no puedo?, ¿estás segura, zorra? Jesús no puede detenerlo, porque es apartado de un brusco manotazo, y el tío se abalanza sobre Maika, sobándole las tetas violento, recreándose en su desdén, ¡mira como sí!, ¡lo ves, puta!, ¡mira como sí puedo, hasta que me harte! Jesús se acerca, el brazo entre ambos por separarlos. Pero también tiene miedo. El gordo, triunfal y chulesco, se vuelve y se aleja, cerdo satisfecho. Maika, furiosa, da unos pasos tras él torpe desde sus tacones de tantos centímetros, desnuda como va, sin dejar de gritarle ya lejano ¡cerdo, hijo de puta!, ¡¡¡vete a la mierda, cabrón, hijo de puta...!!!, llorando de rabia, de impotencia, de miseria. Yo siento un respingo helado al verla así en la calle, con la rasca que hace. Y sí me fijo, cuando Jesús la trae de vuelta, tratando de tranquilizarla (le ha echado su zamarro por los hombros), en que tiene los pechos muy bonitos. También sus pezones, pequeños, erectos de frío y desaliento.

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