Hetaira

Una prostituta compasiva soy”, dice Ishtar.

Paul G. Masby

En estos momentos en que arrecian los puritanos abolicionistas, con disfraces bastante diversos, en sus intentos de acabar con la prostitución por decreto, se hace necesario reflexionar un poco sobre el que quiere ser su argumento principal: esa intrínseca degradación de la mujer que según ellos implica la prostitución. Para ello no vendrá mal pasar un poco revista a la Historia.

Hemos sido educados en una visión del sexo como algo vergonzoso y oscuro. Es una mentalidad que viene de los orígenes de la familia y la propiedad privada y llega hasta hoy poderosa a través del cristianismo y el Islam con sus hogueras y lapidaciones.

El sexo es, sin embargo, en otros tiempos y lugares algo esencialmente luminoso y bello, y vemos también a través de la historia sociedades mucho más abiertas y tolerantes en estos asuntos. Así fue a veces en la antigüedad clásica, así lo proclama siempre el tantrismo oriental, y así se vive todavía en algunas islas del Pacífico. Son sólo unos pocos ejemplos.

Es enorme la seducción de estas visiones positivas del sexo. Afirman a veces que este puede abrirnos la mente al sentido más profundo de las cosas, y recuerdan que hasta los yoguis más austeros extraen su fuerza de ahí, postrándose y meditando ante el pene de Shiva. Aseguran que el instinto y el placer de la perpetuación de la vida le arrancan a esta su hondo misterio y nos lo entregan, con solo que sepamos escuchar.

En las sociedades que tienen el sexo en la más alta estima puede existir prostitución. Muchas veces era lo que se denominaba prostitución sagrada, practicada por sacerdotisas que facilitaban de ese modo la adoración de las deidades femeninas. Lo que no existía de ninguna manera era la opinión de que este fuera un trabajo degradante, sino todo lo contrario. La mercancía vendida por estas prostitutas se consideraba del nivel más sublime, cercano al del médico que vende la vida con su bisturí. Y eran ellas altas sacerdotisas. La misma diosa era considerada una prostituta, como afirma el texto babilónico que hemos puesto de título a este texto.

Pero pudiendo ser el sexo lo que dicen la psicología y la historia, qué ha llegado a ser en esta triste sociedad nuestra. A la vista está: vergüenza, quintales de represión, casi obligada monogamia, unos pocos enredos y engaños... Poco más, si no fuera porque existe, marginal y siempre en las fronteras de la legalidad, una prostitución marcada por todo tipo de atentados contra la libertad de las mujeres. La situación se vuelve terrible para casi todos. Y en eso estamos. Salir del laberinto requiere sobre todo inteligencia y comprender la realidad.

La lógica puritana del sistema abomina inevitablemente de esa mujer que refleja, como un pulido espejo, su propia y horrible, fundamental, inmoralidad. El sistema con una visión del sexo degradada le devuelve este adjetivo a ella, que prisionera muchas veces también de esa mentalidad, se considera tal. En este mundo, la prostituta se convierte en una víctima que carga sobre sus débiles hombros con toda la abominación de siglos de degradación del sexo. 

Sin embargo... Es necesario que sepamos que prostituta era también la Afrodita corintia, venal y gloriosa, que ofrecía a los mortales los misterios divinos de su lecho, que prostitutas oficiaban los rituales sublimes de la Ishtar babilónica y la Astarté cananea, diosas compasivas dispuestas a vender su cuerpo a los mortales. Antes de ser un insulto está palabra estuvo cargada de sentidos muy diferentes.

Recordar esto nos pone de manifiesto algo que si ignoramos la historia parece una blasfemia, la gran dignidad que puede llegar a haber en el vilipendiado trabajo de la prostituta.

Paul G. Masby es autor de Officium Veneris



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